A veces, con cualquier detalle, la mente nos transporta a lugares insospechados. Por eso Sor Juana Inés, la llamaba "La loca de la casa".
Hace unos días, vino a mi memoria, un recuerdo de mi padre, cuando siendo (yo) niño, él acudía a mi cama y sentado en el borde, me boleaba los zapatos que habría de usar al día siguiente.
Así, junto a mi cama, mi padre me contaba historias de piratas.
Decía que: "Hacía mucho tiempo, cuando no existían las ciudades que hoy conocemos, La Laguna era un mar: 'El mar de Tetis', y desde el Golfo de México, entraban los barcos piratas de muchos aventureros, bucaneros y filibusteros. Que las leyendas contaban que en el mar de Tetis se llegaron a enfrentar piratas de la talla de Barba Negra, Sir Francis Drake y el propio Sandokán, el famoso "Tigre de la Malasia".
Los enfrentamientos eran por conseguir el oro que abundaba en México y por otras riquezas propias de la región.
Como todo niño, yo creía a pie juntillas lo que mi padre me contaba. ¿Cómo desconfiar de la palabra de un padre?
No todos los piratas eran malos, Sandokán, en especial, me decía, era un pirata que tenía palabra de honor, no obstante ser de los más temidos de los mares.
Los más odiados eran los piratas americanos y los ingleses, porque eran traicioneros.
Esos piratas navegaban con bandera inglesa, porque tenían patentes de corso; y cuando se acercaban lo suficiente a una embarcación enemiga, cambiaban la bandera, por la temida bandera negra con la calavera, con parche en el ojo y dos tibias cruzadas, que indicaban que era un barco pirata.
Había también piratas españoles, como Lorencillos, que con frecuencia atacaban Veracruz, y en ocasiones llegaban hasta Yucatán, causando muchos destrozos y desgracias a su paso.
Cuando los piratas tocaban tierra era para emborracharse y violaban a las mujeres del lugar. A algunas, si les gustaban, se las llevaban en sus barcos y después las abandonaban en cualquier lugar del Caribe.
Los piratas eran expertos en el manejo de la espada y el cuchillo; y tenían una habilidad asombrosa, para lanzar cuerdas con garfios en la punta, para pasar de su barco, al barco enemigo, al través de grandes sogas.
Cada noche era una historia distinta en la que invariablemente, "el Tigre de la Malasia", salía triunfante de esas aventuras.
Yo atribuía a mi padre una imaginación desbordada, aunque con el paso del tiempo descubrí que esas historias, acomodadas por él, no eran sino los cuentos de Emilio Salgari.
Salgari, si bien tuvo experiencia como marinero, lo cierto es que él sí tenía una gran imaginación y creó personajes memorables como Sandokán que han perdurado hasta nuestros días.
Los piratas sanguinarios tenían sus lugares de reunión secretos, como la isla Tortuga, situada en el Caribe, en donde se escondía y protegían de los piratas enemigos.
El mismo Sir Walter Raleigh, que después pasó a ser una marca de cigarrillos, era pirata consumado y por delitos de otro tipo, fue confinado a la Torre de Londres, en donde pasó muchos años preso.
"El hijo del corsario rojo", "Los últimos filibusteros", "El misterio de la selva negra", "Los bandidos del Sahara", y muchos cuentos más eran adecuados por mi padre al mar de Tetis, para contarme historias fabulosas que despertaban mi imaginación y la hacía volar mucho más allá de las cuatro paredes de mi cuarto.
Después, leyendo a Salgari, descubrí, como dije, que aquellas historias maravillosas, no eran de mi padre, sino del escritor italiano, de principios de siglo.
Pero eso no importaba, porque yo amaba las historias de piratas, gracias a aquellos relatos nocturnos, que cada noche, mientras boleaba mis zapatos escolares, mi padre me regalaba.
Ahí aprendí que hasta los piratas tienen código de honor. Es decir, que hay cosas que no se valen y que la palabra empeñada tiene, por sí misma, un valor inquebrantable.
Cuando el pirata rinde su espada, ahí termina el combate, sobre todo, si el botín de guerra es el propio barco enemigo, con todo lo que porta.
Que no se puede matar a un pirata caído, ni aun cuando sea el peor enemigo.
Que si bien la calavera, de la bandera, muestra el signo de muerte, es sólo para advertir que si se enfrentan a él las batallas serán fatales, pero de pie y cuerpo a cuerpo. Ningún pirata, mata por la espalda.
El mar es ancho y hay espacio para todos, aunque los piratas ingleses atacaban para lograr riquezas para el rey, que los patrocinaba. Los demás eran piratas libres que pasaban más tiempo combatiendo que los que estaban en tierra.
No les importaba perder un ojo o una pierna, porque eso no les impedía seguir en la aventura de librar nuevas batallas. Para eso existían los parches y las patas de palo.
Al grito de "Enemigo a la vista", lanzado por el gaviero, toda la tripulación se llenaba de adrenalina y se preparaban para un combate a muerte. Eran hombres de honor y por su bandera estaban dispuestos a morir.
Amo las historias de piratas, porque las aprendí de mi padre y las enriquecí con las lecturas de Salgrari. En el fondo creo que soy un pirata frustrado, que se quedó varado en el mar de Tetis, cuando éste se convirtió en el desierto de Mayrán.
No puedo cerrar estas líneas sin rendir un homenaje a Edith Piaf, en el cincuenta aniversario de su muerte. Su ejemplo y sus canciones me han acompañado en momentos memorables de mi vida. Vayan pues nuestros mejores recuerdos para el Ruiseñor de Francia.
Por lo demás: "Hasta que nos volvamos a encontrar que Dios te guarde en la palma de Su mano".