El gran Gatsby, 2013.
Prefirió el cine a la universidad... y no se equivocó. A base de talento y una atinada selección de proyectos, la inglesa Carey Mulligan ha comenzado a construir un nombre en la industria fílmica, colocándose desde ahora entre los rostros inolvidables de la pantalla grande.
Sí. Esa chica joven se llama Carey y se apellida Mulligan. Seguramente la ha visto en alguna película anglosajona o quizá en una teleserie británica. Y aunque tal vez no recuerde su nombre, muy probablemente su rostro ya lo tiene impreso en la mente. Porque Carey Mulligan es de esas actrices que no pasan desapercibidas, por muy secundario que pueda ser su papel. De semblante ingenuo y peculiar belleza, su estilo se aleja del artificio y la pirotecnia y se acerca más a la sobriedad inglesa, sin dejar de ser expresivo y a veces intrigante.
Carey Hannah Mulligan nació en Londres el 28 de mayo de 1985 en el seno de una familia trabajadora. Vivió en Alemania en lujosos hoteles, por el empleo de su padre. Acudió a una escuela de niñas. Su primer acercamiento con el arte dramático, según ha revelado en entrevistas, fue a los seis años cuando interpretó a un árbol, un perro y un niño en una adaptación escolar de la obra El rey y yo.
En algunas reseñas de su vida se le describe como una chica tímida y poco femenina. Cuando llegó a la adolescencia comenzó a interesarse en la actuación en serio, aunque dar forma a su deseo no resultó fácil. Fue rechazada en las escuelas de drama, fracasó en audiciones y sus padres no aprobaban sus intenciones de entrar al mundo del entretenimiento. Pese a todos los reveses y la confusión que le crearon, no se rindió. Lejos de desanimarse, puso más empeño en alcanzar su anhelo.
DE LA ESCUELA A LA PANTALLA
Según lo que ella misma ha comentado, Carey no quería ir a la universidad y le escribió a la directora de su escuela para que la ayudara a ponerse en contacto con el histrión Julian Fellowes. Y así fue que de pronto la joven londinense pudo hacer una audición y quedarse con el papel de Kitty, una de las hermanas Bennet, en Orgullo y prejuicio (Pride and Prejudice, Joe Wright, 2005), basada en el novela homónima de Jane Austen. Pese a lo secundario del papel, su debut no pudo ser más acertado. Además de que el filme fue muy bien recibido por la crítica y el público anglo, Mulligan compartió cartel con Keira Knightley, Donald Sutherland, Rosamund Pike y Matthew Macfadyen. Fue apenas una muestra de sus capacidades, pero bastó para abrirle las puertas de aquel ambiente del que sus padres querían alejarla.
Luego de dos años de trabajo exclusivo para la televisión británica, le llegó una nueva oportunidad de aparecer en la pantalla grande con la película And When Did You Last See Your Father? (Anand Tucker, 2007), adaptación del texto autobiográfico de Blake Morrison, en la que Mulligan tiene un pequeño papel al lado de los actores consagrados Jim Broadbent y Colin Firth. Si bien la cinta fue bien recibida por la crítica, tuvo una limitada proyección y poco impacto en la taquilla.
EL GRAN SALTO
Fue 2009 el gran año de la joven londinense. Con No pudo decir adiós (The Greatest, Shana Feste) llegó su primer papel estelar. En él encarna a Rose, una jovencita embarazada que se va a vivir con los desconsolados padres de su amante, quien acaba de fallecer en un accidente. Un melodrama típico en donde lo más sobresaliente es la interacción de Mulligan con los integrantes de su nueva familia (Pierce Brosnan, Susan Sarandon y Johnny Simmons).
Pero el personaje que colocó sobre ella la mirada del público y la crítica fue el de Jenny Mellor en Enseñanza de vida (An Education, Lone Scherfig, 2009), largometraje situado en los años sesenta, que relata la aburrida existencia de una jovencita de clase media quien de pronto, de la mano de un hombre mayor (Peter Saarsgard) descubre un mundo fascinante, con el costo de una enorme decepción. Su consistente actuación le valió un BAFTA, nominaciones al Óscar y al Globo de Oro, y el reconocimiento como naciente estrella del celuloide.
Sus pasos firmes la hicieron cruzar el Atlántico para formar parte del elenco de lujo de la excelente película Enemigos públicos (Public Enemies, Michael Mann, 2009), sobre las andanzas del famoso asaltante John Dillinger. Aunque con un modesto papel, compartió escena con histriones renombrados como Johnny Depp, Christian Bale y Marion Cotillard, reto del que salió bien librada.
Un rol también secundario pero no menos interesante es el que juega en el intensísimo drama Entre hermanos (Brothers, Jim Sheridan, 2009), donde con soltura representa a Cassie Willis, joven mujer que ignora la terrible verdad detrás del fallecimiento de su esposo Joe (Patrick Flueger), un soldado que junto a Sam (Tobey Maguire) es hecho prisionero en Medio Oriente. La muerte de Joe persigue a Sam, quien ya en casa no logra superar lo sucedido y además debe lidiar con la sospecha de que su esposa (Natalie Portman) lo engaña con su hermano (Jake Gyllenhaal). Una extraordinaria historia en donde de nueva cuenta, la inglesa demostró su gran oficio artístico.
HACIA LA CONSOLIDACIÓN
Una vez superada la marca de talento prometedor, Carey ha alternado trabajos en Estados Unidos y su natal Reino Unido. En 2010 participó en la secuela del exitoso filme de Oliver Stone, Wall Street 2: el dinero nunca duerme (Wall Street: Money Never Sleeps), en el cual interpreta satisfactoriamente a una confundida Winnie, hija del villanazo Gordon Gekko (Michael Douglas) y novia del discípulo de éste, Jake Moore (Shia LaBeouf).
Enseguida se involucró en uno de los proyectos más interesantes de su carrera: Nunca me abandones (Never Let Me Go, Mark Romanek, 2010), adaptación de la novela distópica de Kazuo Ishiguro, en la cual volvió a actuar con su amiga Keira Knightley. En esta conmovedora e inquietante producción es Kathy, una mujer criada en un centro especial para ser donadora de órganos, junto a sus inseparables amigos, Tommy (Andrew Garfield) y Ruth (Knightley). Sin duda, uno de los títulos ya imprescindibles de la trayectoria de Mulligan.
Si algo ha demostrado además de profesionalismo, es un gran tino a la hora de escoger proyectos en los cuales participar. Así nos encontramos con Drive: el escape (Drive, Nicolas Winding Refn, 2011), original cinta de acción basado en la novela de James Sallis, que narra la historia de un personaje anónimo (Ryan Gosling) que durante el día es doble en películas y por la noche chofer de delincuentes. Mulligan es Irene, la vecina del anónimo conductor que tensará la liga de la que se sostiene la vida del héroe. El duelo actoral entre Mulligan y Gosling hace gran parte del filme, galardonado en Cannes por mejor dirección.
En la misma línea de cine independiente entra Shame: deseos culpables (Shame, Steve McQueen, 2011), inquietante drama que presenta a Brandon (Michael Fassbender), un neoyorquino obsesionado con el sexo y el difícil vínculo con su inestable hermana Sissy-Carey. La tensión de la relación ofrece una de las mejores actuaciones de ambos histriones. La extraordinaria escena en la que Sissy canta melancólicamente en un bar la famosísima canción New York, New York, ante la mirada asombrada y lacrimosa de su hermano, vale toda la película y demuestra que la capacidad histriónica de esta londinense va mucho más allá de la simple recitación de una línea de guión. Por eso no es gratuito que hoy sea una de las estrellas con uno de los futuros más promisorios en el poblado firmamento cinematográfico.
Twitter: Artgonzaga