Ante el panorama que existe en el entorno global hemos mencionado que afortunadamente a partir del sexenio anterior se ha mantenido un cuidadoso manejo en la política fiscal y monetaria en nuestro país, observándose una muy favorable coordinación entre el Banco de México y la Secretaría de Hacienda, que aunado a la confianza que los inversionistas extranjeros han permitido respaldar una economía fuerte, a pesar de que se trata de capitales especuladores y que buscan seguridad y buenos rendimientos pero permanecen a la expectativa del comportamiento en las tasas de interés que se presenten en otros mercados.
Sin embargo siempre hemos comentado en esta columna que nuestra economía no necesariamente se puede considerar que está en una franca tendencia de crecimiento sólido, prueba de ello es la reciente información que muestra que el 2013 la tasa de crecimiento fue de 1.1 por ciento pero lo que inquieta es que al parecer nuevamente se muestra una debilidad en el crecimiento, por lo que existe el peligro de una desaceleración como la que ya se tuvo y que aparentemente había sido superada.
Este bajo crecimiento muestra la necesidad de abordar los importantes retos que tiene la economía mexicana para poder lograr un crecimiento económico sostenido. Los analistas coinciden que entre ellos destacan la baja productividad y la ampliación del sector informal.
Aun cuando es un logro importante la aprobación por parte del Congreso de las diferentes Reformas Económicas, esperemos que se puedan concretar en una forma clara y ágil ya que nos urge transitar con éxito ante las eventualidades que se están presentando en el exterior y sus impactos a nivel global; en diversas encuestas entre altos ejecutivos el clima de confianza de los negocios en el país no es favorable y coinciden en que existen situaciones desfavorables en sus empresas.
Por lo tanto es imprescindible se ejerza el gasto público en forma acelerada para evitar el error que se cometió el año pasado en este sentido ya que es urgente incentivar las inversiones internas.
La razón principal de que cristalicen las reformas estructurales que se requieren urgentemente, en especial la energética, se debe a que es indudable el desgaste social que existe, que se manifiesta por un consumo interno frágil además de signos de debilidad en la demanda externa.
La falta de empleo y las desigualdades sociales, así como la falta de acceso a un sistema de salud bien estructurado se requiere urgentemente ante las desigualdades sociales que tenemos; Gobierno, actores políticos e Iniciativa Privada tienen que abocares a establecer mecanismos que contribuyan no sólo a crear más empleos sino además, buscar la equidad entre el incremento de la productividad en las empresas y las remuneraciones equitativas que permitan evitar lo que está sucediendo en otras partes del mundo.
El costo social que resulte de no atender el desempleo, el incremento en el ingreso familiar así como el lindero peligroso de quienes viven en la miseria, tarde o temprano tienen una factura social, que repercute en inconformidades, desesperanza y costos futuros en toda la sociedad.