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Formación en el respeto

Addenda

GERMÁN FROTO Y MADARIAGA

Comienza el mes de abril y es inevitable remontarme a los tiempos de nuestra niñez. Cuando éramos felices e indocumentados. Cuando sólo importaba soñar y jugar.

Mi viejo barrio de la Degollado se llenaba de alegría. El frío comenzaba a ceder y las mañanitas de abril eran propicias para ir temprano al Bosque a jugar.

Parecería algo intrascendente, pero las primeras lecciones religiosas nos mostraban el camino de la caridad y la solidaridad; el respeto por los mayores y el cumplimiento de las obligaciones básicas.

Algo se perdió en el camino. Quizá se dejaron de dar clases de catecismo o no se daban con el mismo rigor. Porque a nosotros para probar que habíamos asistido a ellas, nos pedían unos boletitos que nos daban en Catedral. Sin el boleto era señal de que no habías asistido y el curso duraba un año.

En el barrio, el respeto por los adultos mayores y los ancianos era norma obligada. Si nos mandaban a ayudar a algún anciano, no repelábamos, íbamos obedientes y servíamos de buena gana. Donde nos encontrábamos con ellos, les cedíamos el paso y los ayudábamos a caminar si era necesario.

En algunas generaciones posteriores todo eso desapareció. Los muchachos, ahora, pasan volando junto a los ancianos y en ocasiones hasta con riesgo de tumbarlos y ni siquiera se disculpan.

Les hablan como si fuesen iguales, sin ningún respeto por sus años, cuando antes hasta la mano les adorábamos.

No era una cuestión de clases sociales. El tendero del barrio, don Pilo, era don Pilo y así lo tratábamos. Igual sucedía con aquel bolero de las historias fantásticas que nos paseaba con la imaginación en su caballito de mar, que guardaba celosamente en su cajón de bolear.

Por más confianza que hubiera o contigüidad física diaria, don Juan Manuel, mi vecino, era don Juan Manuel; y si él daba una orden, se le obedecía como si me la hubiera dado mi padre.

Aún recuerdo a mis amigos y amigas del barrio, vestidos de blanco para ir a ofrecer flores, en el mes de mayo. Marilú, mi amiga confinada a una silla de ruedas, era preparada por su madre con esmero y llevaba los mejores ramos de flores que se le podían ofrecer a la Virgen.

Ahí, aprendíamos el respeto, la solidaridad y la humildad. A cumplir con las normas básicas de convivencia, pero creo que hasta en eso puede haber fallado la Iglesia; porque esos valores se aprenden en la casa, la escuela y la iglesia.

Por ello, sostengo que andan por ahí varias generaciones de barbajanes que no conocen de esos valores, ni tienen respeto por los ancianos.

Por lo demás: "Hasta que nos volvamos a encontrar que Dios te guarde en la palma de Su mano".

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