La Historia de la Vida
Platíqueles usted a sus hijos parte de su historia. Si puede, cuéntesela toda. Disfrute los domingos relatándoles cada uno de aquellos episodios que acontecieron tiempo atrás. Enriquézcalos con sus propias experiencias. Vale la pena hacerlo, reúnalos bajo la sombra fresca de un árbol y con voz pausada, inicie lo que puede llegar a ser el coloquio más importante de su vida.
Los hijos de ahora no valoran el hecho de que los padres hayan llegado hasta el sitio en el cual se encuentran. No lo valoran porque con toda seguridad desconocen el esfuerzo que se hizo y los pasos que se dieron. No se imaginan que la cruz fue pesada y que todavía lo es. No comprenden que aún duele la espalda. Platicar con los hijos nos acerca a ellos, y más aún si lo hacemos con sinceridad.
Muchos hijos no le dan a sus padres el sitio y la importancia que debería. Están tan ocupados con sus amigos y sus cosas, que no se han detenido a pensar en lo que sufrieron para ser lo que son y para tener lo que tiene. La vida no es fácil para esos padres de la familia que hicieron todo lo posible por seguir el camino. Para los que rascaron la tierra en busca de comida. Para los que soñaron tener lo suficiente y finalmente se tuvieron que conformar con lo más indispensable. La vida fue dura para ellos y no lo pueden ocultar. Por eso es bueno recordar de vez en cuando.
Mis hijos deben de saber que cuando su padre era niño, solamente poseía cuatro camisas de simple popelina y una de franela para el tiempo de frío. Jamás pudo tener un par de tenis, porque apenas estaban siendo puestos a la venta. Deben de saber que un plato de frijoles fue alguna de las veces el principal platillo de casa. Sin embargo, puedo añadir que tal vez a ello valoro lo mucho o poco que tengo. Disfruto ese fresco jugo de piña que me ofrecen y las rebanadas de mango que me sirven. Lo mismo me deleita un caldo de lentejas caliente que me recuerda mis orígenes, como los tacos y las enchiladas que muy seguido como. Valoro un árbol en crecimiento, al igual que el mayor de los ancianos que todavía carga su propio follaje y tal vez su fruto. Lo valoro porque conozco el esfuerzo para plantarlo, mantenerlo y cuidarlo, por todo lo que representa y el significado que tiene.
Algunas veces sentimos que hemos perdido el rumbo, que no sabemos si ha tenido caso tanto esfuerzo y tantas limitaciones. Cuando sintamos eso, platiquemos con nuestros hijos y pasemos junto a ellos una tarde agradable. Valorar lo que tenemos y que ellos lo valoren es indispensable para continuar adelante. Yo recuerdo que en los años cincuenta, después de un gran esfuerzo pude ahorrar cinco dólares. Con ello pedí que me compraran un pantalón vaquero de mezclilla. Ése era mi sueño y ansiaba verlo realizado. Cuando me lo trajeron de Laredo, me aclaró la familia, que me lo habían comprado talla 36, a pesar de que en aquel entonces mi cintura era 29. Lo hicieron así "porque la mezclilla siempre encoge", pero resultó que ese pantalón era sanforizado y jamás se redujo de tamaño.
En los cuartos de mi casa, nunca hubo refrigeración. En las noches de intenso calor abríamos las ventanas protegidas por mosquiteros. Al colegio acudíamos a pie o en autobús, y las horas de descanso las pasaba trabajando en el comercio. Eran otros tiempos, sin embargo eran buenos tiempos. El sol tardaba más en declinar, los minutos transcurrían lento y las distancias se apreciaban enormes.
Si mis hijos y vuestros hijos se enteraran de lo que batallamos para sostenernos y para avanzar, tal vez aprecien más lo que ahora tienen. En esos momentos se darán cuenta que multiplicar es difícil, mucho más que únicamente sumar. Se darán cuenta que disfrutar los alimentos en casa es una bendición que no todos tienen y que debemos de agradecer. Mirar de vez en cuando el cielo y voltear para atrás, allí donde dio comienzo la historia, es saludable tanto física como mental. Puede hacer cambiar actitudes, puede hacer corregir injusticias.