Murió Don Juan.
Murió cargado de años. Murió también cargado de recuerdos de amor. ¡Ay de aquél que al llegar al final de la vida no lleve consigo esa preciosa carga!
San Pedro, el portero celestial, se negó a dejarlo entrar en la morada de la eterna bienaventuranza.
-¿Por qué? -preguntó el amador.
-Tuviste muchas mujeres -le respondió el apóstol de las llaves-. Fuiste un polígamo.
-Jamás lo fui -replicó él-. Cuando amé a una mujer ninguna otra ocupó mi pensamiento.
El Señor oyó la discusión y acudió en defensa de Don Juan.
-Déjalo entrar -le dijo a su portero-. No fue un polígamo. Fue un monógamo serial.
¡Hasta mañana!...