Con la canonización simultánea de Juan XXIII y Juan Pablo II, la Iglesia Católica proclama su unidad, y de ese modo responde a las interpelaciones que consideran a la Iglesia escindida por la cizaña de la división, y suelen calificar al primero de dichos Papas como "progresista" y al segundo como "conservador".
El evento ocurre cinco décadas después del Concilio Vaticano Segundo (1962-1965), y propone una síntesis de la adaptación de la Iglesia al mundo contemporáneo, en una línea de continuidad con la Tradición y el Magisterio.
Las conclusiones del Concilio conservan su actualidad y están contenidas en documentos que son claros en su redacción gramatical y contenido doctrinal sin embargo, una vez concluido el sínodo mundial, surgieron diversas formas de interpretación que dieron lugar a la división mencionada entre progresistas y conservadores, que la asistencia del Espíritu Santo se ha encargado de ir poniendo en su lugar.
Fuerzas desencadenadas a raíz del Concilio, llevaron al Papa Paulo VI a reconocer que "el humo de Satanás se ha introducido en la Iglesia...". El trabajo realizado por Juan Pablo II durante los veintiséis años de su pontificado, con el apoyo del entonces Cardenal José Ratzinguer, y la obra de este último como Papa, son un esfuerzo por obtener frutos del Concilio, en armonía con los fundamentos de la Iglesia contenidos en las Sagradas Escrituras.
Los resultados de esta labor en el caso de Juan Pablo II, están en el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica; en la encíclica El Señor Jesús que exalta a la Iglesia como depositaria de la Verdadera Fe y en la carta Fe y Razón, que reivindica la filosofía aristotélico-tomista en la formación de los Sacerdotes. El aporte de Benedicto XVI al respecto, se encuentra en el libro Jesús de Nazaret sobre el Cristo histórico y en la exhortación apostólica El Sacramento del Amor, que se refiere a la Santa Misa y contiene las líneas de reconciliación con la Sociedad Sacerdotal San Pío X del Obispo Marcel Lefevre, que al igual que otros católicos en diversas partes del mundo, celebran hoy día en Lengua Latina, según el Rito codificado por San Pío V a raíz del Concilio de Trento (1545-1563).
En su libro Un Canto Nuevo para el Señor, Benedicto XVI ratifica el uso de la lengua propia de cada pueblo en la liturgia, al tiempo que llama a la conservación del latín y del Canto Gregoriano a los que llama "idioma y canto de la Iglesia", y reorienta la Reforma Litúrgica posconciliar, restañando la ruptura que hubo con el rito tradicional. El rompimiento referido fue ocasionado por una comisión integrada por Paulo VI ya después de concluido el Concilio, que abrió paso a una moda discrecional de oficiar la Santa Misa a criterio de cada celebrante.
En la celebración de la Eucaristía no existe margen para protagonismos individualistas, porque el Sacrificio se ofrece a Dios Padre por la comunidad universal de los fieles y el Sacerdote es el mismo Cristo, en cuyo nombre oficia el Ministro. En este tema la forma es fondo y por ello, con independencia de las diferencias que surgen de la diversidad humana, la liturgia debe corresponder con fidelidad a la esencia de los Misterios anunciados, de acuerdo al mandato: "haced esto en conmemoración mía…" (Lucas 12, 19).
El Concilio iniciado por Juan XXIII, a la luz del legado de Juan Pablo II y Benedicto XVI, reafirma la cristología predicada en el Primer Capítulo del Evangelio de San Juan y en las epístolas de San Pablo a los Efesios (2, 19-22) y a los Filipenses (2, 6-11), cuya síntesis se contiene en el Credo del Concilio de Nicea del año 325.
En materia social ocurre algo semejante. A despecho de la llamada teología de la liberación de inspiración histórico-materialista, la encíclica Centecimus Annus de Juan Pablo II recoge la doctrina de la Rerum Novarum propuesta por León XIII cien años atrás, y la actualiza conforme a las exigencias del momento. De este punto parte el Papa Francisco para hablar por quienes hoy viven en la pobreza extrema excluidos por los poderes del Mundo, y alza su voz "como un padre de familia que saca de su tesoro cosas viejas y cosas nuevas para sus hijos…" (Mateo 13, 52).
No es el Mundo Moderno, ni siquiera el Papa en turno quien marca el rumbo de la Iglesia, sino el mismo Cristo, Segunda Persona de Dios Uno y Trino, unido a nuestra frágil condición de manera esencial en una sola persona, que integra las dos naturalezas: La humana y la Divina.