Si en el discurso oficial se nos vendió que con las reformas estructurales habría un México antes y otro después, México es uno antes y otro, pero después de Iguala. Ayotzinapa será parte de la historia negra, la historia de un duelo nacional.
Dicen los psiquiatras que es difícil curar el duelo. Requiere tiempo, fortaleza, ánimo, ayuda exterior. A mí me parece que el duelo no se cura, sólo se transforma. Los mexicanos viven con este duelo a cuestas y vivirán con Ayotzinapa como cruz de una generación. Lo que los padres heredaron orgullosos, los hijos lo legarán avergonzados. Lo que provocó Ayotzinapa es la gota que derramó el vaso de la prudencia, la paciencia y la tolerancia popular.
Pero no se puede vivir por siempre en la amargura nacional, no se puede nadar en un mar de bilis. La vida sigue a pesar de la muerte. Lo que es indispensable es aprender y no olvidar. Con Ayotzinapa confirmamos muchas cosas: una de ellas es que nuestro federalismo no es real, es un mero recurso retórico. El municipio libre, así tenga artículo especial en la Constitución, es institución/ficción. Los estados no son autónomos, ni soberanos. Sus gobernadores, o dependen del Presidente, como Rogelio Ortega, el gobernador de Guerrero, que le prometió al presidente Peña Nieto "no fallarle"; o son alfiles de los partidos que los postulan. Sólo la presión del PRD logró que Ángel Aguirre, aferrado al cargo, pidiera licencia.
El Presidente no es el responsable de los muertos de Ayotzinapa, pero sí de sus efectos. Para eso existe lo que la doctrina constitucional conceptualiza como la garantía federal. Es la protección que la federación debe brindar a las entidades federativas. Los poderes de la unión (lo que eufemísticamente se conoce como el "Gobierno de la República") tienen la obligación de proteger a las entidades federativas en el caso de sublevación o conflicto interior. Mayor conflicto interior del que vive Guerrero no se había visto en su agitada historia política.
Por ello la respuesta tardía del presidente, su silencio inicial, haberse hecho a un lado y ahora el imprudente viaje a China es algo que llevará a cuestas, como el presidente De la Madrid, con su inexplicable ausencia en el terremoto de 85. Guerrero esperó semanas la visita del presidente. Requería de su apoyo y solidaridad con los padres de los estudiantes muertos. Nunca llegó el presidente a Iguala o a Ayotzinapa, pero trajo a los padres de familia a Los Pinos, a indignante reunión-según dicho de los campesinos guerrerenses. Después, se fue a China.
El viaje, todavía en el momento de incertidumbre que se vive, fue otro error. Recortarle unos días para evitar el trámite constitucional de permiso ante el Senado, agravió aún más a una opinión pública crispada.
Un presidente carismático y viajador, Adolfo López Mateos, regresaba de sus viajes transcontinentales y lo recibía el pueblo en espera de sus palabras en la plaza del zócalo. - "Me reintegró a la patria"- iniciaba sus discursos, ante el clamor popular por vitorearlo. La imagen de un liderazgo nacional quedó atrás y es irrepetible. Cuando regrese el Presidente Enrique Peña Nieto de su viaje a China, irá directo, en coche blindado, del hangar a su residencia, protegido por la seguridad nacional.
(Investigador del IIJ de la UNAM)
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