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Birdman, el ojo que narra

JESÚS SILVA-HERZOG MÁRQUEZ

Birdman no vuela, cuelga del ojo de Emmanuel Lubezki. La cámara salva una película que, sin su mirada, habría sido una secuencia de lugares comunes, una pedante exhibición de citas literarias y cinematográficas expuestas por actores brillantes. La historia de un actor secuestrado por su propia fama, perseguido por el fantasma de su éxito, flagelado por la angustia de la reinvención borda los grandes temas sin morderlos de veras. El público es caníbal, la audiencia ama al personaje y desprecia a la persona, la familia es inmolada en la ambición, la crítica es sanguinaria, la popularidad es un versión cruel del ostracismo. Reiteración de tópicos. El rescate artístico de esta película sobre la redención se encuentra en el lente de Lubezki. En los meandros de su recorrido, en el serpenteo continuo de su exploración, en el accidentado taladro de su vista está el genio de la película. La retina del camarógrafo es la verdadera salvación de Birdman.

Tal vez sea absurdo contraponer al fotógrafo con el director. No hay arte tan dialogante como el cine. ¿Dónde empieza el aporte de uno y dónde el del otro? La orquesta funciona, a fin de cuentas, por la ensambladura, por la combinación de cuerdas y alientos, de tonos y ritmos. Birdman es, sin duda, un extraordinario consorcio de talentos reunidos y coordinados por González Iñárritu. Lo reconocen así los críticos y los premios que destacan por igual libreto y sonido, actuaciones, dirección. No quiero entrar aquí a la polémica sobre la "autoría" o la propiedad de una película y decretar que esta cinta es, en realidad, del fotógrafo. Quisiera decir que, si todo atrevimiento artístico patina por una delgada línea sobre el precipicio, hay siempre un motor que lo impulsa a recorrer la cuerda y una plomada que la salva del hoyo. Es, al mismo tiempo, el brío y la contención. Esa claridad artística la encuentro en la cámara de Lubezki.

Los libretistas y el director quieren decir muchas cosas en esta película. Demasiadas. Quieren burlarse de su industria y exaltar los milagros del Arte. Mostrar una burda disyuntiva entre las falsedades del comercio y la sufrida autenticidad de la Expresión. Quieren narrar la crisis de un hombre que se atreve desafiar los dictados de su propia imagen. Buscan retratar las distintas experiencias de la soledad. Esperan contar el viacrucis de la respetabilidad en el imperio de lo desechable. La tragicómica batalla de la dignidad entre Hollywood y Broadway. Pretenden evocar el martirio y la salvación. Quieren gravedad y ligereza; líneas sentenciosas y chistes. La película se vuelve una sátira que ha de tomarse muy en serio. Una grandilocuente parodia encerrada en sí misma. Una película que se esfuerza todo el tiempo en mostrar lo inteligente que es.

La cámara, en cambio, tiene foco: los encierros de la existencia. El marco de la pantalla cuenta una historia clara y lo hace con extraordinaria intensidad y agudeza. Nada hay en la cinta que no sea el calabozo mental del protagonista, la batalla contra su propia máscara. Todo es celda y todo espejo. Los mil conflictos del protagonista son escenificaciones de la hostilidad interior y es eso lo que la cámara de Lubezki narra admirablemente: el mundo como proyección del alma. Pasillos, laberintos, corredores, reflectores y vitrinas de una casa maldita. No hace falta ser una mansión para estar embrujada, decía Emily Dickinson. Los pasillos del cerebro son infinitamente más aterradores que los otros. El "gélido huésped" al que se refería la poeta está presente durante toda la película. Asalta y murmura, grita y calla, tienta y golpea. La acción se desarrolla fundamentalmente en los intestinos de un teatro: la antesala de los simulacros. El mundo subterráneo de camerinos, pasadizos y escenarios retratado como la cueva donde cohabita el yo con sus fantasmas. Un roedor que perfora con los dientes su propio calabozo. El relato de Lubezki monta a pelo de la cámara. La pantalla marea. El fotógrafo honra la lógica y el reloj de los delirios. Si el aire aparece en ocasiones es porque se ofrece como abismo para el suicida. La cámara no pausa porque la ansiedad no sabe dormir.

 ÁTICO

Parodia grandilocuente, Birdman encuentra su salvación en Emmanuel Lubezki.

http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

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