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El ejemplo

Con/sinsentido

MIGUEL FRANCISCO CRESPO ALVARADO

No hay forma educativa más poderosa que el ejemplo. Y aunque deberíamos mantener tal consideración siempre en mente, queda claro que se nos olvida y que por eso actuamos de forma descuidada, regando el mal ejemplo por doquier.

Los políticos - con muy honrosas excepciones - son expertos en eso de maleducar. Pasan por encima de los ideales, las esperanzas y los sueños de las grandes mayorías… y ya no digamos de las leyes o de los recursos públicos, bienes capaces de despertar en ellos toda clase de ambiciones y codicia.

Su mal ejemplo cunde. Difícilmente alguien con poder, por mínimo que éste sea, se resiste a la tentación de hacer uso del mismo para beneficio propio. Por el contrario, hay un impulso que conduce a muchos, incluso, a actuar con prepotencia. Por ello, no existe reglamento ni ley que sea cumplida a cabalidad por la totalidad de los mexicanos; vivimos convencidos de que se hicieron para romperse por aquellos que tienen el poder para lograrlo.

Los más vulnerables son las víctimas más comunes de un sistema así, en el que la violación de la norma se convierte en mecanismo de diferenciación social. Si soy muy rico y muy poderoso, no tengo jamás de ninguna manera y bajo motivo alguno, que padecer lo que, por ejemplo, sufre una persona que requiere ser atendida en una institución de salud (pública, porque en las privadas ni siquiera lo dejarán entrar).

Desde esa perspectiva las desigualdades tienden, como se comprenderá, a perpetuarse. Por eso sirve de muy poco el crecimiento económico, ya de por sí mediocre, que ha tenido el país en los últimos años. Porque la mayor parte de lo que se logra crecer, va a parar a las manos de los pocos que tienen todo bajo control.

Algo similar pasa con el poder político, quienes lo tienen no quieren soltarlo porque saben lo que significaría para sus vidas, sus lujos y comodidades, perder esa capacidad que les permite torcer las leyes a su favor. Sin poder no son nadie y, por eso, lo defienden hasta con los dientes.

La vida contemporánea se ha convertido en una rebatinga de poder y dinero; el incremento sensible de la inseguridad y la violencia tiene que ver con esa necesidad descontrolada de poseerlo todo.

Por eso, más que nuevas policías o estrategias para combatir el crimen, lo primero que deben hacer las autoridades, para garantizar la seguridad de los mexicanos y de sus bienes, es dejar de ser el ejemplo de corrupción, mentira y deshonestidad que han venido siendo.

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