Elegir candidatos y partidos exige por precondición advertir diferencias entre ellos y, hasta ahora, éstas no aparecen en la campaña emprendida. Unos y otros son en extremo parecidos, son -valga la expresión- unos igualados. Rojos, azules, amarillos, verdes, turquesas o naranjas, todos son colores.
No se advierte, así, una competencia sino una profunda incompetencia política: la simple gana de obtener posiciones a como dé lugar y sin fijar postura. Posiciones, no posturas parece la divisa de estos días.
En el fondo del concurso sin sentido destaca la intención de llevar a las urnas la crisis de un régimen que resiste ver su grado de descompostura, ofreciendo como opción democrática a la ciudadanía escoger a quienes deben cavar la fosa donde el país se precipita o, bien, elegir a quienes debe reservarse el dudoso honor de enterrar a la República.
Si bien es cierto que el fuego cruzado de acusaciones entre los concursantes imprime picor a la contienda, también lo es que la ausencia de ideas muestra un vacío que, de a poco, colma la desesperanza.
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En la práctica de pactar, transar o canjear posiciones, prebendas, condiciones, privilegios, programas o prerrogativas entre las cúpulas partidistas y el gobierno, los partidos se olvidaron de dos cuestiones básicas en la más pobre de las democracias: la ciudadanía y el Estado de derecho.
Si un Estado no puede garantizar la seguridad de quienes aspiran a ser elegidos, es obvio que a los electores los gobierna el miedo. Si un Estado no puede convencer del paradero de cuarenta y tres estudiantes entregados al crimen por la policía, es obvio que perdió la frontera entre crimen y política. Si un Estado no puede llamar a cuentas a quien insertó al país en una espiral de violencia, es obvio que la espiral y la violencia persisten. Si un Estado no combate la corrupción, es obvio que se ejercita como un modus vivendi. Si un Estado no puede monopolizar el tributo, es obvio que la nación paga doble o a quien más fuerza tenga.
De esa realidad, desde hace años se apartaron los partidos. Poco les importó la pérdida de libertades o derechos porque su lucha se concentró en ganar privilegios para sí o para sus patrocinadores.
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Ningún partido acompaña a los familiares de los desaparecidos en la exigencia de dar con sus seres queridos, sólo descuentan esos probables votos. Ninguno pinta su raya entre crimen y política; no, casi todos cobijan a quienes, siendo suyos, rebasan esa línea. Ninguno repudia la guerra declarada sin permiso, salvo cuando uno de los suyos cae. Ninguno rechaza la subcultura de la extorsión impuesta al emprender un negocio o ejercer un oficio; no, se suman a ella denominándola moche o diezmo.
Ahí se explica por qué tanto movimiento ciudadano focalizado en esta o aquella otra tarea, sin lograrse articular entre ellos. Los partidos desvertebraron la participación. No sólo se ensanchó la distancia entre ellos y ciudadanía, ocurrió algo peor: los partidos dejaron de ser instrumento de la ciudadanía, convirtiendo a ésta en instrumento de ellos. Por eso, hoy, los ruegos democráticos que elevan en coro candidatos y partidos llamando a votar suenan huecos y, por eso, asombra que algunos intelectuales fustiguen a los ciudadanos que piden anular el voto, pero no a los dirigentes y candidatos que traicionan, compran, canjean, pervierten, denigran o vulneran el sufragio.
Si, en la teoría, no hay democracia sin partidos; en la práctica, sí hay partidos sin democracia.
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A la esquizofrenia política de llamar a elegir cuando no hay de dónde escoger, se suma en su respectivo nivel más de un gobierno que, como una tentación irresistible, nomás no puede dejar de meter las manos en el proceso electoral o, bien, de demostrar que el elenco de elegibles formará parte de la casta que podrá echar mano de los recursos públicos o de las palancas del poder en su exclusivo beneficio.
Despensas, láminas, tenis, artículos escolares, costales de cemento a costa del erario forman parte del catálogo de argumentos para atraer el voto de quienes buscan qué comer, qué ponerse o cómo darse un techo. Más sólido que un discurso, un regalo a cambio de la copia de la credencial de elector. Qué importa el sentido del voto, importa dónde cae.
Por si ese agravio no bastara, un día sí y otro también, este o aquel otro funcionario del más bajo o del más alto nivel no ve por qué dejar de hacer uso de aviones, helicópteros, vehículos, instalaciones o recursos, propiedad del Estado, en su beneficio personal o familiar. La costumbre del poder les ha hecho perder el sentido de realidad y, entonces, en vez de devolver lo tomado, enfurecen cuando la ciudadanía denuncia o señala sus abusos.
Pues qué se creen los ciudadanos, qué gente tan malagradecida.
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Caído el telón político-electoral sigue la puesta en escena de la crisis económico-social, y ésta es la hora en que candidatos y partidos no ven por qué tocar el punto ni por qué insertarlo en su discurso de campaña.
Ningún dirigente partidista o candidato ha dicho qué secretarías, qué comisiones, qué proyectos se deben cancelar y mucho menos cuántos de sus electores se verán en la calle a partir del recorte o de su efecto. Menos aún han dicho en cuánto se debe reducir el monto de las millonarias prerrogativas que reciben porque, en su lógica, una campaña electoral exige echar la casa por la ventana, sobre todo, si la casa no es suya.
La caída del precio del petróleo, la debilidad del peso, el raquítico crecimiento, la explosiva situación social, el adverso entorno económico, el hartazgo ante la impunidad y la pusilanimidad y, sobre todo, la incapacidad de gobernar a partir de un régimen en fase terminal no aparecen en el discurso de dirigentes partidistas ni de candidatos porque, desde hace años, se desinteresaron por la ciudadanía y el Estado de derecho para concentrar la atención en las urnas... así sean éstas fúnebres.
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Dice el Instituto Nacional Electoral que "el día de las elecciones, todos los mexicanos somos realmente iguales". Es cierto, el problema son los demás días porque un domingo, cada tres años, no hace verano.
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