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Algo anda mal

He pensado durante años que algo debe andar mal en una sociedad que ha convertido el recoger de los desperdicios en la ocupación exclusiva de una clase marginada lo mejor sería que cada uno se hiciera cargo de sus desperdicios.

Estamos ya en los nombramientos los candidatos participantes y hoy en día ganadores a los diferentes distritos en Coahuila como diputados federales. No obstante que se trata de un acto estelar en la vida política nada importante parece estarse despejando todo eso y más es el pan nuestro de cada día, aunque en medio de la publicidad electoral pocos acierten a distinguir cuáles son las grandes diferencias entre los que fueron postulados por un partido o por otro.

Con un tono gris simultáneo y la mala opinión que ya tienen de la política amplios sectores de la población. Algo anda mal, pero esta vez los problemas están en el malestar, incertidumbre de la ciudadanía el hartazgo y la desilusión.

Por eso se habla de crisis política pese a la oratoria triunfalista y la ideología invisibilizadora de los últimos tiempos. Los esfuerzos para restaurar su función más allá del formalismo han tropezado hasta ahora con esa herencia de sospecha y desconfianza que han alcanzado. En contra de la buena imagen de los legisladores pesan numerosas prácticas que son absolutamente opacas para el ciudadano común y una condena moral genérica al considerarla una actividad egoísta y personal en la que lo que cuenta menos es la ley y la voluntad de la gente una vez que ha dado el voto.

Es expresar que vivimos una suerte de crisis de representación es decir de una falta de correspondencia entre la política la autoridad y las necesidades de la ciudadanía. Por eso hay quienes creen que se puede acceder a una política más democrática sin partidos sin organización que limita la visión y los alcances de los movimientos sociales que hallan en la vida innumerables temas por los que vale luchar sin convertirse en políticos.

Por lo que priva el desencanto y se debe más bien a la frivolidad con que las élites políticas asumieron los grandes problemas y se inventaron una democracia a imagen y semejanza no ya de las mayorías sino de los intereses que las comandan. La debilidad de los partidos está indisolublemente vinculada a la crisis de seguridad a la presencia de la violencia como un dato de la realidad cotidiana a los fenómenos de corrupción a la ausencia de crecimiento y la desigualdad galopante que marca con su estigma las políticas públicas.

Cada vez más es urgente un cambio de fondo. La democracia como tal no es la responsable de la crisis, pero sí la incapacidad de las élites gobernantes para escuchar a la ciudadanía. Es por ello que hay que revivir el ideal de igualdad como guía para ordenar la vida pública mediante una racionalidad eficaz para enfrentar el conflicto social sin indolencia y abusos represivos.

Urge un acuerdo político moral fuera de la auto complacencia de los que hoy tienen la sartén por el mango. Hasta hoy la disputa por el poder se ha blindado tras la opción electoral. Pero ya se escuchan voces que no creen en él y se perfilan por una visión apocalíptica de la que no se excluye la violencia amparada en la convicción de que no hay otra cosa mejor que hacer. Frente a la demagogia del poder por el poder mismo la mejor salida sería unir bajo el cauce de la desesperación y la violencia las manifestaciones de resistencia popular. Hay suficiente en el mundo para cubrir las necesidades de todos los hombres, pero no para satisfacer su codicia.

Alberto Lara Noriega,

Ciudadano de Torreón.

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