¿Cómo nos afecta la tensión entre la Unión Europa y la Rusia de Vladímir Putin? La relación puede no ser muy clara para el mexicano que se supone ajeno a crisis tan remotas aun cuando encierran posibilidades de una nueva guerra mundial.
De seguir sin resolverse el violento choque de visiones que separa a los países europeos con Rusia y que ya ha costado miles de vidas, la desestabilización internacional resultante podría afectarnos tangiblemente.La crisis de Ucrania y la amenaza de que se extienda más allá de la región evidencia que se ha debilitado el propósito de mantener por todos los medios un ambiente de paz y progreso en Europa, incluyendo desde luego a Rusia.
Pero el problema brota de la obsesión del presidente Putin por restablecer la hegemonía internacional de la que su país gozó hasta 1989. Pretensión fútil. El desplome de la pujanza soviética y el desmembramiento de la URSS se debió, más que por cualquier otro factor, al estéril burocratismo y a la corrupción interna que carcomió las estructuras político-económicas.
Esta realidad, y una persistente estrategia de debilitamiento aplicada por el occidente, acabó por desmoronar el vasto imperio rojo. Por mucho que el renovado estado ruso ahora se haya colocado, gracias al agresivo capitalismo que adoptó, entre el grupo BRICS ideado por la calificadora Standard & Poor's, el nivel de su desarrollo no significa que sea tan importante su contribución a los intercambios económicos mundiales actuales.
Hoy para competir no se trata de alinear cañones o acorazados o de borrar líneas fronterizas. Lo que vale es la pujanza económica comparativa. Putin, podrá apropiarse Crimea y amedrentar a Ucrania, pero está lejos de medir su poderío económico con el de occidente.
Lo anterior no reduce el peligro de que Putin persiga su proyecto de expandir su territorio más allá de las límites actualmente reconocidos. De no existir la realidad de armas nucleares, la invasión soterrada rusa en Ucrania oriental habría desatado la guerra. Estados Unidos y Francia cuentan con arsenales letales con los que enfrentar a Rusia.
Pero la fuerza militar ya no basta para alterar la relación de fuerzas entre países. Más lo determina el nivel de bienestar interno de los países en comparación con el de otros. Es éste el camino que Putin no puede emplear. Su autoritaria apuesta militar para conquistar una nueva hegemonía rusa es casualmente el medio que hoy menos se respeta.
Después de agotadoras negociaciones entre Ángela Merkel, Francois Hollande, Vldímir Putin y Petro Porochenko esta misma semana en Minsk, se logró un primer acuerdo de tregua válida a partir este 15 de febrero para poner alto al fuego que ya ha costado más de 5,000 vidas, principalmente de civiles. Entre los 13 puntos convenidos se estipula que Rusia debe dejar de apoyar a los rebeldes prorrusos. Putin se compromete a presionarlos a respetar el acuerdo y solucionar la situación de los 8,000 sitiados en la ciudad de Debáltsevo. Se acordó retirar armas pesadas a un área neutral y se establece el control ucrania de sus fronteras. El acuerdo asegura la unidad y soberanía de Ucrania y su autodeterminación linguística. Por último se prevé un esfuerzo conjunto entre los signatarios para contribuir a la construcción de la unidad europea desde el Atlántico hasta los Urales realizando así, el horizonte común que desde 1989 se ideó.
El arreglo de Minsk es, lo saben los que lo confeccionaron, un instrumento endeble. Las siguientes horas son las que determinarán hasta qué grado surtirá los efectos que se propone. No sólo se trata de restituir en la medida de lo posible los principios de respeto a la soberanía de los estados tan amenazados por Rusia, sino la coincidencia con los graves problemas que actualmente preocupan a la Unión Europea hacen urgente convertir la crisis de Ucrania en un factor de fortalecimiento y de la alianza franco alemana.
Al desarrollo económico y social de México le interesa contar como socio con una Europa sólida, que haya superado por completo la compleja coyuntura social y financiera en que se encuentra. Las relaciones que se han incrementado con España, Francia, Alemania e Italia son ejemplo de ello. El vigor de su colaboración con nuestros proyectos de crecimiento en mucho depende de que la estructura europea de la que forman parte no se resquebraje por no resolverse la crisis que se escenifica en el remoto Mar Negro.
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