Hambre. Cada mañana los indocumentados hacen fila para entrar al comedor, pasan frío y penurias para comer.
A las ocho de la noche decenas de catres se acomodan a los pies de la Virgen de Guadalupe que lleva cruzado en el pecho un rebozo donde un bultito descansa tranquilo. El pequeño bebé de piel color cobre está cobijado por su madre, una morenita de ojos negros que camina entre un rascacielos y el emblemático City Hall de Los Ángeles.
Es una virgen que va hacia adelante, con una manta que pende de su cabeza a la que se le prenden tres velas rojas en la Misión de Dolores, una iglesia localizada al este de la ciudad. Durante el día, el lugar es un recinto sagrado donde hay que ahogar la voz para oír los sollozos.
Pero en la noche, las bancas se convierten en camas, y el altar es un área más para extender catres, donde dormirán aquellos a quienes no quieren recibir en ningún lugar. Migrantes indocumentados que no tienen una identificación o un número de seguro social, elementales en Estados Unidos hasta para quedarse en un refugio para indigentes.
El albergue es parte del Guadalupe Project Homeless, una iniciativa creada por un grupo de sacerdotes jesuitas y voluntarios que formaron a su vez el Proyecto Pastoral, una comunidad que ofrece desayunos, cenas y albergue, entre otros servicios humanitarios.
Raquel Román es parte de este grupo. La mujer de voz tranquila, pero fuerte, recuerda que el proyecto arrancó el 12 de diciembre de 1988. Inicialmente se pensó en un santuario para los migrantes que llegaban a Estados Unidos huyendo de la violencia y no tenían dónde vivir.
"Este sigue siendo un santuario, porque los albergues no ayudan a personas indocumentadas, muchos piden identificación y nosotros somos unos de los pocos que no hacemos eso", cuenta Raquel, quien se desempeña como directora del Guadalupe Project Homeless.
Sin embargo, fue a partir del año 2008, exactamente 20 años después de su fundación, que el proyecto para indigentes inmigrantes se volvió un ícono para la comunidad mexicana. Esto se debe a la recesión que azotó a Estados Unidos y que provocó la caída del mercado inmobiliario y, con ello, el desempleo de miles de mexicanos indocumentados.
De ser los proveedores para sus familias, se convirtieron en indigentes. Raquel cuenta que a muchos se les olvidó cuidar de ellos mismos, porque en un principio llegaron a Estados Unidos a trabajar por alguien más que, generalmente, dejaron en México.
"Lo que pasa es que están mandando dinero, pero ellos están aquí sufriendo. Te pongo un ejemplo: hace poco un señor que vino, era un músico que tenía 35 años aquí y mandaba dinero. Pero él nunca salió de tener un cuartito. Ya cuando él tenía 75 años se enfermó, no tenía ahorros ni familia. Nosotros lo cuidamos hasta su último día para que muriera de una manera digna", asegura.
Y eso se está intensificando, dice que es frecuente que los migrantes padezcan enfermedades como diabetes, o sufran accidentes y no haya nadie que los cuide. Raquel Román señala que a pesar de todo siguen llegando con la ilusión de encontrar trabajo inmediato. De repente se ven en la calle porque a veces en el cruce se lastiman. Agrega que en la Misión de Dolores ha documentado gente que llega a Estados Unidos en sillas de ruedas.
SUFRIENDO EN LA SOLEDAD Don Everardo todos los días, sin excepción, recibe diálisis. El sol ha dejado surcos profundos en su rostro, y la piel tatemada de tanto trabajar. Los párpados han caído sobre sus ojos, que apenas se ven cuando los iluminan los destellos de luz de las veladoras rojas.
Recueda que llegó muy joven y vendía fruta fresca en camionetitas por las calles de la ciudad. Vivió feliz, lo reconoce, tuvo una esposa y varios hijos. Durante años mandó dinero a sus padres en México y siempre mantuvo a toda su familia.
"Hace 15 años me enfermé de los riñones, y sentí que era una carga, te empiezan a ver mal. Dos veces fui candidato para trasplante de riñón, pero por desgracia ningún donador fue compatible".
Don Everardo, de casi 60 años de edad, pero que parece de unos 80, dice que cuando "se jo.." también sus hermanos comenzaron a pensar que sería una lata, hasta que un día el migrante acabó vagando por las calles de Los Ángeles.
"Recuerdo que una señora me vio en la calle, nunca la volví a ver, pero me la encontré afuera de un McDonald's y me preguntó dónde vivía y le contesté que en ese momento iba a buscar dónde y me trajo al albergue", dice sentirse a gusto en la Misión de Dolores, donde vive desde hace un poco más de tres años.
"Me sentí extraño porque estás acostumbrado a estar en tu casa, al principio me deprimí de ver gente en la misma situación de uno. Pero al platicar y ver la realidad, me empecé a sentir bien aquí"; resignado, Everardo asegura que si no fuera porque cuando trabajaba pudo acceder a ese plan de salud que incluye sus diálisis, habría regresado a México.
Constantemente sueña que se baja del avión, caminando recto, sin tocarse el vientre y la espalda. Como si su riñón funcionara: como aquel día que salió de México. En esa fantasía saluda a sus papás, y a sus parientes que dejó. "Me veo llegar como me fui: entero, y les demuestro que regreso igual".
CAMAS SOBRE EL ALTAR
Apenas inicia la noche y el encargado del turno nocturno, Toño, un salvadoreño querido por todos, pero que se impone, los invita a entrar a la iglesia. El frío grosero los hace entrar casi corriendo, además que a algunos les pesa el cuerpo después de deambular por las calles de la ciudad de Los Ángeles todo el día. Toño sostiene unos paquetes de calcetines en cada mano, preocupado pregunta a quién le hacen falta. Sabe que el frío angelino es capaz de inmovilizarles los pies si no se tiene cuidado.
Hace una pequeña oración y pide por la igualdad y la justicia, por un mundo donde todos los migrantes que se encuentran en las bancas tengan más felicidad y menos angustia. Entonces comienza el ritual de cada noche.
Toño y otros voluntarios suben al balconcito de la iglesia y desde arriba dejan caer bolsas de plástico con cobijas. Los migrantes corren en busca del placer más anhelado del día: dormir cobijados, calientes con cobijas de estampado a cuadros que se sienten a gloria.
La Misión de Dolores parece pequeña por fuera, pero al ingresar entiendes por qué cada noche caben más de 50 hombres. En sus techos cuelgan papelillos de colores que asemejan una verbena popular. Sus paredes la adornan altares de la Virgen de Guadalupe, y banderas de México hechas con papel de China.
Don Arturo, otro migrante originario de Guadalajara y que llegó hace más de 40 años a Estados Unidos, dice que dormir en la Misión de Dolores tiene sus ventajas. Y es que su lugar es uno de los cuatro camastros que están abajo del altar principal de la Virgen.
"Imagínese, éste es el lugar más bonito donde he dormido, porque estoy a los pies de mi Virgencita", dice y agrega que haber encontrado la Misión es lo mejor que le pudo pasar entre tantas desgracias, de las que no quiere hablar.
Son las nueve de la noche y ya todos tienen su lugar. La luz se apaga y la Misión se ilumina con cinco veladoras rojas y 11 velas blancas. Nadie se ve, sólo se escucha la respiración congestionada de los migrantes que, a excepción de ahora, pasaron frío todo el día.
En la Misión de Dolores diariamente duermen unas 50 personas, por la mañana se les sirve su desayuno y de ahí son llevados a un centro de jornaleros donde empleadores ofrecen trabajo a los inmigrantes descargando frutas; sin embargo, el pago es mínimo y son seleccionados a través de una rifa.
Se estima que en el condado de Los Ángeles hay más de 58 mil indigentes, no obstante, es difícil saber cuántos son realmente, ya que muchos no lo revelan por temor de su estatus migratorio.
MIL
Indigentes habría en el condado de Los Ángeles, California.
HOMBRES
Como mínimo, se hacinan cada noche para dormir en el refugio.