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Saber enojarse

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Marcela Pámanes

El enojo es parte de nuestra naturaleza humana, es la consecuencia de una serie de reacciones bioquímicas que se conjugan con el estado de ánimo que experimentamos frente a un hecho que nos amenaza, nos vulnera, nos indigna, nos hace sentir miedo, o bien frente a una opinión divergente o una actitud de vida que es distinta a la nuestra. Enojarse no está mal, lo que pudiera ser sometido a juicio es lo que hacemos con ese enojo.

Una señora con 50 años de casada dijo en medio de una reunión: “ustedes dicen que mi marido es un santo porque no lo conocen enojado”.

El enojo que no tiene control nos transforma, nos lleva a terrenos insospechados. Hay que reconocer que esta emoción tiene distintos niveles, se manifiesta de diferente manera. Los expertos explican la personalización del enojo a partir del temperamento, el carácter, lo vivido en la infancia, lo que aprendimos en casa, el mal manejo de la frustración, la intolerancia, el anclaje que tenemos con ciertas personas o circunstancias que funcionan como detonador de la emoción.

Hay tantos motivos para enojarnos; pregunté a algunas personas qué les enoja y me respondieron lo siguiente: las injusticias, el abuso, la traición, la hipocresía, la ineptitud, la mentira, la corrupción, el engaño. Luego pregunté: ¿recuerdas cuál era tu circunstancia en el momento del enojo? Y respondieron: tenía hambre, estaba haciendo mucho calor, había bebido de más, se me acabó el dinero, leí sobre los gastos de los políticos. Sin ser expertos, es fácil concluir que lo que vives se convierte en tierra fértil para los enfrentamientos.

No dejo de admirar a quienes con gran paciencia y tolerancia pueden no reaccionar ante el enojo de alguien que reclama y ofende. No se trata de que corra atole por las venas, o que seamos sumamente indiferentes ante todo y todos, creo que es un ejercicio de sabiduría, de mucho autoconocimiento y gran capacidad para que las emociones no gobiernen la vida.

Siempre pensamos que controlar las emociones implica frialdad, insensibilidad. No creo en ello. Creo, más bien, que se trata de un trabajo personal profundo, de un grado de atención consciente que permite que nos demos cuenta en el instante mismo que ocurre algo, que hemos perdido nuestro centro, el equilibrio interno.

La fisiología del enojo es muy interesante, las hormonas hacen de las suyas, la adrenalina y el cortisol se desbordan, las glándulas suprarrenales las generan en abundancia, luego estas dos fluyen en el torrente sanguíneo y van y afectan al metabolismo de los hidratos de carbono, proteínas y sales, intervienen en la retención de líquidos, modifican la presión arterial, dañan el sistema nervioso, provocan aumento de la temperatura, el flujo sanguíneo de manos y cara se intensifica. Con cada enojo intenso envejecemos más rápidamente. Cuando eres capaz de interceptar toda esa cadena de cambios fisiológicos en tu cuerpo, eres también capaz de manejar adecuadamente la emoción.

Tampoco se trata de “tragarse” los enojos, porque a la larga nos dañaríamos tanto como con la manifestación exacerbada de la rabia que sentimos. No hay mejor aliada que la respiración, hacer algo para salir de la zona de conflicto, cambiar la mirada, caminar dándonos cuenta de la presencia de cada una de las partes de nuestro cuerpo, tomar agua para clarificar, darse un baño, en fin, diseñar estrategias para no engancharnos.

Y es que si no lo logramos seguramente nos arrepentiremos, ya que en medio del enojo hablamos para ofender, gritamos para intimidar al otro, somos irónicos para minimizar a la persona a la que nos enfrentamos, somos burlones para ridiculizarla, queremos ganar una pelea en un ring simulado y lo hacemos abiertamente en redes sociales, en mensajes telefónicos y frente a quien esté, sin pudor, sin detenimiento.

Aristóteles dijo: “cualquiera puede enojarse, eso es algo muy sencillo, pero enojarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”.

Twitter: @mpamanes

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