De mucho se le puede tachar a la actriz Carmen Salinas, menos de tonta. La lagunera con larga trayectoria en la farándula se ha forjado un nombre en el mundo actoral mexicano. Más de cinco décadas de trabajo son el cimiento de su prestigio que se ha ganado tanto en el cine, como en el teatro y la televisión. Salinas además fue productora de la obra teatral Aventurera, cuyo formato particular le diera éxito a la puesta en escena por muchos años.
Lo novedoso en la larga trayectoria es que además de la farándula, doña Carmen ahora es nada más ni nada menos que diputada federal. A este cargo accedió vía plurinominal, es decir, fue su partido el PRI quien la colocó en esta posición y no el voto directo ciudadano.
Su perfil público es percibido como el de los papeles que mayormente ha interpretado: el de una mujer dicharachera, popular y de costumbres vulgares, y por lo tanto su designación fue recibida como una burla por cierto segmento de la población.
Con apenas 17 días de haber tomado protesta como diputada, los medios han estado acechando el desempeño de la señora Salinas en el Palacio de San Lázaro. Apenas una pestañeada en su curul fue suficiente para ser capturada por algún lente inquieto y como pólvora correr por las redes sociales y en algunos títulos de prensa en general.
El incidente más reciente de su apenas estrenada carrera legislativa fue la respuesta soez que profirió cuando al ser cuestionada por un grupo de personas que buscaban a través de la recolección de firmas, que la señora fuese expulsada de la Cámara de Diputados, diciendo a los recaudantes que mejor se metieran las firmas por el trasero, y que se pusieran a trabajar. Ya antes había sido cuestionada mediáticamente si ya tenía iniciativas presentadas.
No deja de ser una anécdota más en la historia pública moderna de México. La trayectoria política de doña Carmen difícilmente podrá extenderse mucho. Es manifiesto que la señora es talentosa y lista, pero nunca (acepto que puedo pecar de ignorante) ha caracterizado un papel que le demande profundidad cultural o intelectual. Su estilo franco, directo cala bien en las mayorías mexicanas (por algo la escogió el PRI), pero dista de que sus mensajes puedan contener cierta profundidad.
Sin embargo, esto de que Carmen Salinas conmine a sus detractores a meterse todas la rúbricas recabadas por donde ya se ha dicho, ojalá fuese lo peor que nos pudieran hacer a los mexicanos, a los coahuilenses, a los laguneros.
Qué más se pudiera desear que la cosa pública se arreglara introduciéndose en el recto unos documentos (esperando que al menos estuvieran hechos rollitos), eso es mucho mejor que lo que la clase política nos está haciendo a los mexicanos.
¿Por dónde nos metemos el escándalo de la Casa Blanca; de la deuda sin aclarar en Coahuila; de las decenas de miles de muertos que ha dejado la guerra al crimen de Calderón; de la leonina reforma fiscal que nos endilgó el gobierno; el abandono de La Laguna por sus respectivos gobiernos estatales? Sólo por preguntarnos algunas cosas.
Si que una folclórica diputada espete que sus detractores se metan las firmas que juntaron por la cola fuese el problema, en otro México estaríamos. Pero no es así, es mucho más grave la situación y peor aun el comportamiento de nuestras autoridades en general. No. No se vale gastar tanta tinta en los dichos de doña Carmen, lo importante pasa por muchas cosas más, como las respuestas a las preguntas del párrafo anterior.