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SUBRAYADO

Imagina un cuerpo sin sueños (Parte I)

RENATA CHAPA

Abra la puerta. Mírelo.

Ahí está, en silencio, sobre una cama. Tiene su cuerpo completo. Dos piernas, dos brazos, dos ojos, dos oídos. Diez dedos arriba y otra decena abajo. Su piel, entera. También, músculos y órganos. Su boca está casi cerrada. Tiene los labios sin sonidos. Rasposos. Son apenas dos líneas quebradas que sostienen una sonda de plástico que alimenta latidos. El cerebro, presente y ausente. Un micromilímetro de mala suerte, de masa encefálica, impidió que todo ese cuerpo pudiera imaginar. Y actuar. La ingeniería perfecta de la naturaleza humana no lo fue del todo. Piernas, brazos, ojos, oídos, piel, músculos, órganos, boca, labios, corazón al servicio del letargo. De la espera. De la llegada de la misericordia. No de la imaginación. Ni tampoco de un sueño.

La puerta que usted abrió fue la de una recámara de un asilo o de una casa. Quizá la de un cuarto de hospital o de una sala de emergencias. Era el cuerpo de un hombre. Era el cuerpo de una mujer. Tenía cinco, veinte, cincuenta u ochenta años de edad. Su impedimento físico fue de nacimiento, accidental, provocado o acaso por una degeneración senil. Usted fue el que abrió la puerta y miró. Usted defina a quién y cómo vio. Usted sí pudo imaginar, soñar. Él o ella, no.

Abra otra puerta de nuevo. Mire.

No es uno, sino muchos los cuerpos completos. Estallan de vida. Parpadean, hablan, giran, gesticulan, caminan, observan, escriben. Respiran. Interactúan. Cumplen roles. Ocupan diferentes lugares en diferentes espacios. Consumen lo renovable y lo no renovable sin parar. Son en lo colectivo y son en lo individual. Producen y reproducen cultura. Algunos más, algunos menos, pero todos expuestos a influencias educativas. De la escuela, de la casa, de los medios, de los amigos. Sus cerebros, en pleno. Sin averías y con toda la bioquímica a favor, pero sin más imaginación que la estrictamente básica. Cortoplacista. Para el aquí y el ahora. Para el úsese y tírese. Sus cerebros, motores excelsos de los sueños, están subaprovechados. Casi anulados. Esclavizados por tristezas crónicas, angustias recurrentes, tensiones sinfín. Quizá alguno por ahí pudiera ser excepción de la fatídica regla de los tiempos que ahora corren. Riesgosos a más no poder. Pero la tendencia social es clara: pasar la vida sin la pena y sin la gloria del imaginar. De soñar cada vez más a lo grande. De aportar para uno y para otros. Seres humanos equipados de carnes, huesos y sangre en ebullición, pero renuentes al esfuerzo transformador. Cuerpos completos, muertos vivientes.

Esta otra puerta pudo ser la de un aula. O de un restaurante. O de una cantina. Quizá era la de la Sala de Cabildo, de la Cámara de Diputados y Senadores o del despacho de la primera autoridad. Fue la de un espacio deportivo. La de una iglesia. La de una pequeña, mediana o gigante empresa. Era la puerta del museo, del centro cultural, de la biblioteca, de la escuela de artes. O eran las mismas otras puertas: las del asilo, del hogar, del hospital. Hombres y mujeres de edades distintas y perfiles varios. Vida tras vida, pero con la imaginación anquilosada. Incluso la de los niños, tan dada a viajar por fantasías, es hipnotizada frente al televisor, a la computadora, al celular. Sus sueños, como el de los adultos, en realidad sólo es uno. Nunca perder el goce adictivo de usar esos aparatos. Pero usted fue el que abrió la puerta y miró. Sea usted quien defina. ¿Pudo imaginar, soñar? ¿O usted estaba ahí adentro cuando alguien abrió la puerta?

Ni imaginar ni soñar son verbos exclusivos de cierto género narrativo. Tampoco son propiedad de la infancia y, menos aún, "cosa de mujeres". Son prácticas intelectuales que detonan el pensamiento crítico, estudiadas con formalidad desde el mundo de la academia. La pobreza o ausencia de la práctica imaginativa, por donde se aborde, implica merma. El individuo que reduce su capacidad imaginativa a lo más utilitario -la ruta para llegar a una dirección, el menú de un restaurante, la llegada de la quincena- con probabilidad resolverá problemas del día a día que tienen su grado de importancia. Pero no desarrollará la capacidad de crear escenarios y alternativas de creación y acción más complejos para encarar desafíos no menos complicados. De ésos que pululan y se reproducen de manera exponencial. Aun y cuando físicamente un individuo sí tenga el potencial para hacer eso y más, su capacidad de imaginación quedará adormecida. Sedada. Uno de sus principales síntomas es dejar, entonces, a entes anónimos las tareas de imaginar, soñar, gestionar, actuar y lograr para, luego, recibir los beneficios o lo contrario, sin mucho qué decir.

El escritor británico Neil Gaiman subrayó en una conferencia impartida en "The Reading Agency" en Inglaterra, el valor del "daydreaming" ("soñar de día", "soñar despierto"). Sostuvo que imaginar tiene que ser un deber ciudadano: "Mira a tu alrededor. Hazlo. Toma un momento para que observes lo que hay en el cuarto donde estás. Voy a decir algo tan obvio que por eso será que tendemos a olvidarlo. Es esto: todo lo que puedes ver, incluidas las paredes, fue imaginado en algún momento. Alguien decidió que era más fácil sentarse en una silla que en el piso e imaginó la silla. Alguien tuvo que imaginar una manera de que yo pudiera hablarles aquí, en Londres, sin que nos mojara la lluvia. Este cuarto y todas las cosas que están aquí, así como todo lo que existe en este edificio, en esta ciudad, todo está porque hubo quienes, una vez tras otra, se pusieron a imaginar y lo crearon" (www.theguardian.com/books/2013/oct/15/neil-gaiman-future-libraries-reading-daydreaming).

Twitter: @RenataChapa

centrosimago@yahoo.com.mx

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