Nosotros Eventos Columnas Sociales

Subrayado

Juan Pablo, Juan Sebastián

Renata Chapa

PARTE I

No existe un permiso explícito, pero sí temor al momento de escribir las siguientes líneas. Estas dos advertencias pudieran pasar como pusilánimes cuando, en teoría, el ejercicio del periodismo debería evidenciar lo contrario. Pero si lo que viene párrafos adelante corre con la suerte de ser leído, ya le tocará su juicio. El escrito, cobarde o no, está amparado en la sinceridad.

Del tema a tratar, muchos han publicado y tanto se ha dicho que cómo no va a ser posible meterlo otra vez al ruedo. Cuántos han sacado con gallardía el capote periodístico, el del rojo más intenso, para fundirlo con los borbotones de la sangre de ese verraco toro informativo. De aquel raro ejemplar al que pican y bufa embravecido, pero no termina de morir. El público quiere ver a esa bestia temática atestada de banderillas y espadas. Necesita que las lágrimas le corran a chorros a ese animal que, obstinado, sigue sin derramar una sola. Audiencia y matadores marcan la pauta: sin gotas bermellón, sin gotas saladas, la lidia mediática no es perfecta. No divierte. No vende. No sacia. No sirve.

Sin embargo, el abordaje presentado aquí, hoy, aunque trata de la misma fiesta brava -bravísima- su redondel vibra distinto. Primero, porque en la plaza de acá sólo se encuentran dos lugares. No será desde el cómodo anonimato de una barrera atiborrada donde se azuce lo mortecino. Para ver esta corrida sólo existen dos asientos. En uno está sentado Juan Pablo, Juan Sebastián. Y unas timoratas letras desean acompañarle en la banca del lado. Pero se sienten abrumadas. Tienen miedo de herir sin intención de hacerlo. De ser oportunistas sin afán alguno. Es tan poco, es casi nada lo que pueden expresar, cuando lo justo, lo periodísticamente certero, sería que al menos supieran cómo decir "gracias, Juan Pablo". "Te leí, Juan Sebastián". "En qué te puedo colaborar, amigo". Pero la faena es dolorosísima. Presenciar la corrida juntos amerita una respetuosa solicitud de permiso. Las letras llegaron sin invitación, sienten que invaden un espacio íntimo, pero quieren estar ahí. A pesar de todo.

Y es que aquel ruedo enrojeció para siempre. Ahí perdió Juan Pablo, Juan Sebastián, a su padre. A Pablo Emilio Escobar Gaviria, uno de los criminales más peligrosos del mundo, "un toro que nunca más volverá a nacer". La metáfora taurina les fue expresada así, de frente a Juan Pablo y a su madre por uno de los capos del Cartel de Cali a principios de 1994. Él y un puñado más de sicarios tenían como objetivo cobrar revancha de los centenares de crímenes cometidos por su padre, el líder del Cártel de Medellín, asesinando a su primogénito. Veinte años después, en 2014, es Juan Pablo, es Juan Sebastián, quien comparte al mundo semejante frase y una más de su puño y alma. La que sirvió de respuesta a los criminales en aquella entrevista histórica y salvó su vida: "Por mi parte no se va a generar violencia de ningún tipo. Ya entendí que la venganza no me devuelve a mi papá".

El libro Pablo Escobar, mi padre (Editorial Planeta, México, 2014), reúne muchas voces a través de una sola, la de su autor, Juan Pablo Escobar, o bien, la de Juan Sebastián Marroquín Santos, como él decidió renombrarse tiempo después del fallecimiento de su padre. Son 471 páginas en las que texto y fotografías presentan un relato obligado para la salud ciudadana no sólo de los pueblos latinoamericanos. En el contexto global, donde nos circulan odios e intolerancias sin descanso, lo escrito por Juan Pablo Escobar debería convertirse en sana adicción: la que busca el perdón, la reconciliación, la humildad, la comprensión, la paz.

Nota del editor, presentación, capítulos uno al quince y epílogo. Cada parte de Pablo Escobar, mi padre es lección clara si de lo que se trata es ser menos innoble cada día. No obstante, una parte del libro ofrece una pista por rastrear. Se trata de la solapa izquierda. Dice así: "Juan Pablo Escobar, ahora Juan Sebastián Marroquín Santos, nació en Medellín en 1977. Arquitecto y Diseñador Industrial. Protagonizó el siete veces galardonado documental 'Pecados de mi padre', proyectado por la ONU en la Celebración del Día Internacional de la Paz. Como pacifista concretó el diálogo, la reconciliación y el perdón con hijos de las víctimas de la violencia narcoterrorista ejercida por su padre en los ochenta y noventa. Conferencista e hijo del narcotraficante más conocido de la historia".

Antes de pasar los ojos y espíritu por Pablo Escobar, mi padre vale demasiado atender el documental Pecados de mi padre dirigido por Nicolás Entel. Su versión completa es de libre acceso en Youtube (https://www.youtube.com/watch?v=jsIgVAajejw). Al ver a Juan Pablo, al escuchar a Juan Sebastián, al sentir su pesar como hijo, al ponderar el lazo espiritual de él hacia su padre y de su padre hacia él, la lectura de su texto toma una dimensión inconmensurable. Leer se transforma en una experiencia hipersensorial.

Van algunas de las tantas palabras luz de la producción audiovisual multipremiada, pero, sobre todo, de nueva cuenta recomendada en aras de una mayor calidad humana. Habla Juan Pablo. Palpita Juan Sebastián: "De mi papá aprendí cosas muy lindas. Pero la mejor es que tengo que hacer exactamente lo opuesto que él hizo para seguir con vida. Si quisiera estar muerto hubiera seguido sus pasos. (…) Yo sé que, como familia de Pablo Escobar, perdí el derecho para siempre de enojarme. (…) Para nosotros como familia sería muy fácil salir a criticar a mi padre. Nos haríamos de amigos más fácil, pero no sería una salida honesta. La gente no nos puede prohibir que queramos a nuestro papá. (…) La cocaína era la moda. Se impuso. Parecía que era lo mejor que podía pasarle a la sociedad global, no sólo la colombiana. (…) A él le decían, '¡Bienvenido a los Estados Unidos, señor Pablo Escobar!'. Lideraba el Cártel de Medellín. Controlaba el ochenta por ciento del tráfico mundial de cocaína. (…) Yo estaba chico cuando comenzamos a huir. Siempre lloraba. Me llamaban a comer y lloraba. Me llamaban a dormir y lloraba. A mis siete años estaba viviendo la misma condena como si yo hubiese dado la orden de matar a todo el mundo".

En la próxima entrega, un nuevo intento. Un permiso más. Mientras tanto, Juan Pablo, Juan Sebastián, va menos solo. Estas palabras, cobardes o no, aún permanecen sentadas en aquella plaza. A su lado. Agradecidas. En sinceridad. Deseosas de aprender más.

Leer más de Nosotros

Escrito en:

Comentar esta noticia -

Noticias relacionadas

Siglo Plus

+ Más leídas de Nosotros

LECTURAS ANTERIORES

Fotografías más vistas

Videos más vistos semana

Clasificados

ID: 1171716

elsiglo.mx