Museo Whitney, Nueva York (1966). Foto: Ed Lederman
El arquitecto de origen húngaro y nacionalizado estadounidense era un convencido de la importancia de un diseño simple y eficaz. El Museo Whitney es una muestra de la importancia de no incluir detalles que pudieran distraer al visitante.
Marcel Lajos Breuer, nacido el 21 de mayo de 1902 en Pecs, Hungría, tuvo un ascenso meteórico y una vez que alcanzó el firmamento, nunca más lo abandonó. Conoció los rudimentos artísticos en la Academia de Bellas Artes de Viena. Abandonó la institución porque no le gustó lo que aprendía allí. Un amigo le sugirió inscribirse en una escuela que acababan de abrir en Weimar, Alemania, un centro llamado Bauhaus.
La influencia de lugares comunes de la profesión como Le Corbusier y Mies van der Rohe fue importante, aunque nadie marcó tanto su trayectoria como Walter Gropius, fundador y director de Bauhaus, que rápidamente puso bajo su ala al joven húngaro.
Otra de sus facetas, sin embargo, fue la que generó su primer acercamiento con la fama y el escalón inicial de su prestigio. Como diseñador de mobiliario, concibió, entre 1925 y 1926, la silla Wassily. La característica especial de esta pieza era la incorporación de acero tubular. Dicho material fue uno de los sellos de la producción ulterior de Breuer. Desde esas creaciones ya se veía la inclinación del artista por atributos como la ligereza, la funcionalidad, la austeridad y el confort.
Al Breuer metido a confección de muebles le gustaba, además del acero tubular, la madera. En sus afanes experimentales también utilizó aluminio y madera laminada.
En 1928, Gropius renunció a Bauhaus y su protegido, ya para esos días docente, también abandonó la institución. Lajkó, para los amigos, se estableció en Berlín. Ya había decidido dedicarse de lleno a la arquitectura. Sin embargo, lo que hizo con mayor profusión al inicio de esa nueva etapa fue modelar interiores para departamentos, mobiliario y montajes de exposiciones. En 1932 le fue encomendada la construcción de la casa Harnischmacher en Wiesbaden. Breuer entregó una vivienda modular de concreto con estructura de acero.
El ascenso del nacionalsocialismo en su país lo llevó a exiliarse. Viajó a Suiza en 1933 y dos años después dirigió sus pasos a Inglaterra, donde aguardaba por él su maestro y amigo, Walter Gropius. Por esos días ya era una de las figuras de su ramo en el viejo continente. Por instancia de su amigo, que había sido nombrado director de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Harvard, el exalumno de Bauhaus llegó a la prestigiosa casa de estudios norteamericana.
En 1939, para edificar su casa en Lincoln, Massachusetts, utilizó materiales autóctonos. A principios de la década siguiente concluyó la sociedad con Gropius. Aquellos días aportaron al legado del húngaro nacionalizado estadounidense la concepción de un tipo de casa con forma de villa, dotada con dos plantas de piedra, madera y cristal. Así comenzó a recibir encargos para construir residencias.
En 1945 ejecutó otra de sus aportaciones significativas, la Casa Geller I, levantada a partir de una idea de vivienda “binuclear”, con alas separadas (de un lado los dormitorios y del otro la sala, el comedor y la cocina) por el vestíbulo de entrada.
En 1946 abrió un estudio en Nueva York. En 1953, Pier Luigi Nervi, ingeniero estructural, Bernard Zehrfuss, arquitecto, y el protagonista de estas líneas moldearon el edificio de la Unesco en París. Se trata de un momento importante porque Lajkó ya se hallaba en la ruta de experimentar con el cemento.
Cuatro años después, también en territorio neoyorquino, presentó al mundo la firma Marcel Breuer Associates y desde ese despacho consolidó su pertenencia a la categoría de los máximos exponentes del brutalismo, una corriente que deja a la vista el hormigón de la construcción, ese áspero y rudo material, como una forma de acercar la arquitectura a la escultura y al arte abstracto. La ejecución se ganó el favor de la crítica por su capacidad para hacer que el concreto de pronto generara sensaciones de distinción y suavidad.
MUSEO BRUTALISTA
El edificio del museo Whitney de Nueva York inaugurado en 1966 es una de las obras emblemáticas del alemán y la culminación de sus experimentos con el concreto.
Un punto destacado de esta obra era el contraste que ofrecía cuando se le comparaba con el resto de construcciones disponibles en la zona.
A la imagen distinguida del museo contribuyó el hormigón empleado a la manera brutalista. El áspero y antiestético material sirvió al propósito de causar inquietud en la comunidad. La reacción inicial era de rechazo, pero luego, el inmueble se fue ganando la admiración del público que descubrió cualidades imprevistas, una masa que peca de sencilla, que debería ser fría pero no lo es, una pieza única en un escenario en el que la diversidad suele adoptar formas llamativas por otras vías.
¿Qué ofreció Beuer con el Whitney? Un manejo de la luz natural, una fachada que se adapta a los modos de una ciudad en cambio permanente, colores que no se destacan por su necesidad de llamar la atención, el uso escultural del hormigón.
El estadounidense por elección también aprovechó la transición que ocurre al abandonar la calle e introducirse en un espacio hasta lograr la sensación de que se halla uno al amparo de los elementos que se encuentran en el espacio público. No hubo más razón que el arte porque para apreciar las obras son indispensables la tranquilidad, la quietud y la sensación de que el tiempo transcurre con mayor lentitud, es decir, un ambiente libre de distracciones. Los artistas invitados a exponer en este museo solían jugar con los espacios concebidos por el viejo alumno de Gropius.
Marcel Breuer, en esto coinciden varios especialistas, era un convencido de la importancia de un diseño simple y eficaz. El Whitney es una muestra de la importancia de no incluir detalles que pudieran distraer al visitante.
Las características de la obra hacen del inmueble una pieza ajena a su entorno que, sin embargo, no se destaca por una exuberancia abrumadora o por el despliegue de lujos. El edificio luce porque es una obra impregnada de racionalidad, una concepción que no ofrece nada más allá de lo que afianza el sentido funcional del inmueble.
No obstante, cuando se buscan las señas de identidad en el inventario de Lajkó, los términos que suelen emplearse son 'plasticidad' y 'sólidez'. De su manejo del hormigón suele decirse que posee una influencia cubista.
MODULAR
Marcel Breuer fue uno de los principales maestros del movimiento moderno y la construcción modular una de sus marcas distintivas.
La construcción modular consiste en levantar un edificio fuera del lugar que ha sido determinado para él. El inmueble se eslabona en módulos dentro de un proceso más propio de una planta industrial. En la manufactura se emplean materiales y técnicas similares a los de una construcción tradicional. No obstante, al fijar estándares y estar trabajando en condiciones controladas, los tiempos de producción son menores a lo normal. Luego las piezas son transportadas al sitio elegido. Luego de ensamblarlas y sellarlas la casa queda terminada.
Un ejemplo de este tipo de proyecto fue la Casa Plas 2 Point. Para divulgar las características de esta pieza, el arquitecto utilizó un armazón desnudo para explicar la distribución de las cargas en una estructura con dos pilares y formada con madera de contrachapado.
La vivienda, sin embargo, no tuvo las ventas que de ella se esperaban y su creador se alejó del mercado de los desarrollos habitacionales convencido de que a quienes manejan esos terrenos el arte les tiene sin cuidado y los fines comerciales son lo único que importa.
Luego de años en los que repartió su tiempo entre el trabajo y los homenajes, Lajkó se retiró a la vida privada en 1976. Falleció el primero de julio de 1981.