Subrayado
Burro que tocó la flauta mágica
A mis 18 años presumía que, por fin, había llegado a la universidad. A mis 18 decía muy oronda, "ya soy mayor de edad". A mis 18 alardeaba de éstas y otras conquistas. Sin embargo, también, a mis tan adultos 18, buscaba la manera de zafarme con mi mejor actuación cada vez que sentía un acoso muy en especial.
Insistentemente, una pregunta simplona para muchos, pero, para mí, "reborujada", se me aparecía en libros, clases, documentales, conferencias, exámenes y me asustaba. Ese cuestionamiento que yo no sabía, y ni quería responder, pero del que debía aparentar lo contrario, tal y como le hizo el "burro que tocó la flauta", era el siguiente: ¿qué años abarca el Siglo XV o el Siglo X o el Siglo XXIII o el siglo tal? No sé el porqué, pero era un tema al que, como dice el cliché, le sacaba la vuelta. Y tampoco sabía entonces el porqué se me aparecía el coco de los cocos en materia de siglos y su afán de ponerme en evidencia: a mis 18, el Siglo XVIII era mi más temida escena de terror.
Un buen día, cansada del no saber y sus angustiantes consecuencias, pedí los "servicios de seguridad" académica. "Vamos a ver", dijo aquel maestro. "Si le quitas uno a dieciséis, te da quince. Si le quitas uno a diecisiete, te da dieciséis. Si le quitas uno a dieciocho, pues te da diecisiete. Es decir, si al número del siglo, en este caso, el XVIII, le quitas uno, te va a indicar que los años comprendidos son los que comienzan con 17: de mil setecientos a mil setecientos noventa y nueve. Así que a partir de hoy, todo lo que se te vuelva a aparecer con la fecha de 'mil setecientos lo que sea' corresponde al Siglo XVIII".
Pues como si se hubiera tratado de una didáctica invocación, al día siguiente de la explicación de los siglos y sus años comprendidos, debía presentar una tarea de un artículo arbitrado de sociología y resultó que su contexto era, ni más ni menos, el de la Revolución Francesa, es decir, el de 1789. "¡Claro! ¡Por supuesto! ¡El Siglo XVIII!", me dije en silencio, con la media sonrisa típica de satisfacción, y seguí la lectura en paz.
Aunque pudiera parecer una exageración, con la seguridad de aquella bella perla de conocimiento recién adquirida y con el negro espectro de la confusión chispado, comprendí y, sobre todo, disfruté esos años previos, durante y después de 1789, a lo largo del famoso Siglo XVIII, ya convertido en mi cuate. Gocé el esfuerzo y triunfo de los pensadores, los "iluminados" franceses; admiré su profunda devoción por construir conocimiento; imaginé su necesidad de acopiar la mayor cantidad de saberes, editarlos, imprimirlos y colocarlos en cada casa por medio de la creación de la "enciclopedia"; comprendí la clandestinidad de los "ilustrados", Rosseau, Diderot, Montesquieu, de frente a las barbaridades de sus representantes políticos, los reyes y sus vinculaciones privilegiadas con miembros de la Iglesia católica europea. En resumen, un hitazo la fecha de 1789, compuesta por números en perfecta secuencia: 1-7-8-9.
Pues bien, de aquello a ahora han pasado 31 años. Otra vez me acompaña el ocurrente siglo XVIII y sus "mil setecientos y tantos". Hoy, por distintos afanes de mi promotoría cultural, tengo la oportunidad de una nueva reconciliación gracias a la vivencia en estos menesteres. Hoy es momento de una expresión artística asociada históricamente, y como constructo cultural global, con el esnobismo, el clasismo, "los ricos y los pobres", "los cultos e incultos", "los músicos de verdad y los músicos basura".
Hoy redacto con el azoro de quien descubre una de las muchas maneras para re-leer y re-disfrutar los géneros de la música clásica y el de la ópera que, en el Siglo XVIII, encontraron exponencial cabida. Con el buen pretexto de la proyección en el Teatro Nazas de "La flauta mágica", en su versión del ROYAL OPERA HOUSE (jueves 26 de octubre, 6:00 p.m., con entrada libre), mi acercamiento a la obra comienza, valga la redundancia, por el principio: por su libreto, por la narrativa escrita, por el básico "y de qué se trata 'La flauta mágica' para, desde ahí, intentar tejer los lazos de entendimiento dando el crédito correspondiente a mi buen amigo, el Siglo XVIII y a varios de sus años clave.
En 1751, nace en Alemania, Emanuel Schikaneder. Actor, cantante, director de teatro, poeta y Masón. Después de una trayectoria de éxitos, a sus 40 años, su condición financiera era pésima y la relación cercana que guardaba con otro Hermano Masón, nacido en Austria en 1756, le dieron la pauta para acercarse a él y pedirle ayuda. Ese amigo era Wolfgang Amadeus Mozart, tampoco afortunado en finanzas. Pactan montar una ópera y Schikaneder escribe, con lo que le quedaba de esperanza, el libreto de "La flauta mágica", para algunos analistas basado en la obra "Lulú o la flauta mágica" del alemán Jacob Liebeskind, también nacido a mediados del Siglo XVIII, 1758.
Reitero que en 1789, el conocimiento académico, los saberes universales, la investigación, las artes, tenían un lugar privilegiado dado el triunfo de los enciclopedistas. La proclividad a la lectura y a la escucha atenta eran dos factores que permitían el desarrollo de diálogos más demandantes para el receptor. ¿Por qué hoy suelen considerarse aburridos o muy difíciles de entender y, en consecuencia, de disfrutar, los parlamentos de una ópera, como es el caso de "La flauta mágica", y se preferencia a ojos cerrados su música, su canto? Porque, para comenzar, los contenidos que son leídos con más frecuencia hoy en día solicitan un perfil abismalmente distinto. Pensemos, por ejemplo, en el tipo de perfil lector que es necesario para decodificar un "twitt", un mensaje de los cuates en "Facebook", el aviso por "Whatsapp", lo que aparece en los espectaculares, o bien, las letras de canciones que tocan en la radio comercial. Sin embargo, después de haberlo experimentado en lo personal, un camino amigable para llegar a "La flauta mágica" es casi tan simple como, por ejemplo, entender qué años comprende el Siglo XVIII. El secreto está en querer.
Lo primero es leer su libreto, perderle el miedo, conocerlo con las advertencias aquí señaladas. Como dicen los chavos, "en buen plan". Más de una decena de ligas por Internet comparten el libreto en español traducido del alemán (https://drive.google.com/file/d/0B7FlBktkducVQzNIZXhucXRmX1k/view).
Una de las característica que también provocó que aquel público finisecular acudiera con tal avidez a escuchar con atención lo escrito por el también actor y empresario teatral, Schikaneder, fueron los contenidos que, según ha sido sostenido desde entonces, reflejan la filiación masónica tanto de él como de Mozart. Los tres ideales de la Revolución Francesa, "Libertad, Fraternidad e Igualdad" interseccionados con la visión de la Logia Masónica a la que ellos pertenecían, habían sido satanizados por quienes representaban el poder, la monarquía y el clero. Por tanto, ir a "La flauta mágica" en aquel entonces era una modalidad, toda proporción guardada, de una especie de mitin político de nuestros días. Allá con el acompañamiento musical de arias; acá, con el de cumbias, reguetón, banda. La música tenía que ser extremadamente atractiva para reunir al mayor número posible de asistentes y que ellos, gracias a la parte escrita de la ópera, afianzaran su filiación política antimonárquica y el cuestionamiento a las corruptelas de miembros del clero. Si bien, el texto de "La flauta mágica" no es un paralelo dramatúrgico a las obras de, por ejemplo, Shakespeare, su avasallador éxito puede deberse a la simbología masónica, a la presentación constante, en toda la narrativa, de la teoría de los opuestos (base de la dialéctica científica, tesis, antítesis y síntesis), y otra vez a las luces del conocimiento que dieron tal brillo al Siglo XVIII.
Otra fecha dentro del Siglo XVIII es la de 1750, año en que nace el español Tomás Iriarte, autor de la fábula del burro y la flauta. Él fallece el mismo año en que es presentada "La flauta mágica".
La flauta de Iriarte, la flauta de Schikaneder, un recurrente elemento para el desarrollo de historias en los años de los "Iluminados". Portadoras de elementos mágicos para aleccionar sobre el buen vivir conforme a los valores de la época. Las melodías de ambas flautas quedan interseccionadas aquí, al cierre, para reconocer, casi como labor apostólica, el valor de la transmisión del conocimiento a través de los siglos. A veces es un dato, un número, una fecha, una palabra. A veces es algo aún más elaborado lo que abre otras puertas a saberes de inimiaginable valor. No obstante, mientras impere la ley del menor esfuerzo y el 'blof' de frente al trabajo que implica estar informados de manera puntual, el burro que tocó la flauta mágica en el Siglo XVIII continuará hipnotizando nuestros oídos posmodernos, negados a otras alternativas. Renuentes a crecer.
@RenataChapa
Centrosimago.@yahoo.com.mx
Por: Renata Chapa