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ALEJANDRO TOVAR

De pronto en este tiempo, es ineludible el recuerdo de los seres queridos que se han ido y eso se convierte en un semáforo que detiene el buen vivir y caminar por el sendero de los vivos y de nosotros mismos, que por fortuna permanecemos, aunque sea sobreviviendo, porque sencillamente los muertos no tienen lágrimas y donde estén, olvidan toda pesadumbre.

Esa, la vida de los muertos, consiste en hallarse presentes en el espíritu de los vivos, por lo tanto, sin ser vendedores de nostalgias, uno descubre que demasiada pasión puede acabar con tu vida y que no puedes ser artista sin dañar a nadie, que no puedes ser ni tener la magia de John Wayne, sino ser un fiel seguidor de una meta, con un estilo y la materia para encontrar un camino.

El hombre mejora pero no cambia, porque tiene una esencia y con ella ha de vivir y morir, por lo tanto en la etapa de las transformaciones, uno ingresa a una competencia individual por sacudirse de melancolías de añoranzas de niño y de joven para establecerse en la realidad absoluta, con la confesión de dudas y secretos, porque los muertos no contestan por internet. Eres tú solamente.

El pasado, desde el más remoto hasta el más reciente, revive siempre en el presente y se escuchan sin cesar las palabras de los muertos y las voces de los vivos. Aquellos que se han ido reaparecen como fantasmas sin sepultura, son sombras que dejan de ser irreales, que rondan desde el primer minuto del día crucial, furtivos e invisibles y hacen recuperar la memoria.

Uno quisiera tener la capacidad necesaria para transformar la mirada y ver todo aquello que a veces no vemos, o lo que se mostró y no quisimos ver en su momento, con un deseo que encontrar belleza en lo trivial y eliminar de la vista todo aquello que pudiera resultar incómodo. Nos urge tener el deseo de partir de la nada y reflejar algo sorprendente y profundo de nosotros mismos y de nuestro legado en la tierra, como una obligación de vida que merece realizarse.

El periodismo en su efecto como forma de vida, distribuye a sus artesanos de oficio, la oportunidad de aprender a ver un poco más allá de lo común y conocer muchos aspectos del hombre que otros no detectan. Vemos que hay momentos rutinarios y triviales a los que veces no prestamos atención, pero que irremediablemente definen nuestra existencia.

El periodista no puede contar lo que él está viviendo pero sí busca reflejar lo que ve alrededor, es el gen determinante de su carácter. Y porque a la vida no hemos venido a bailar el mambo, esta columna es para los periodistas todos, que esta navidad sea como fotografía que viaja en el tiempo, recordando a los muertos y saludando a los vivos, con eterna pasión y amor para sus ojos que dejan huellas, porque vivimos para mirar, explorar y encontrar.

arcadiotm@hotmail.com

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