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CONVIVENCIAS EN EL CANAL DE LA PERLA

HIGINIO ESPARZA RAMÍREZ

De los años 45 a los 50 del Siglo XX el canal de La Perla -el nombre de la hacienda algodonera que regaba con las aguas del río Nazas, al oriente de Torreón- fue cuna de los chicos del barrio de aquella época inclinados a la natación y los clavados; a los días de campo en sus bordes y camino hacia la escuela bajo la refrescante sombra de los mezquites orilleros.

Alrededor de 1895 el tajo fue cavado con fines de irrigación como parte de una extensa red de canales distribuidores de las aguas del río Nazas destinadas a las tierras cultivadas preferentemente con algodón pero desde su nacimiento lo usaron sus vecinos como descarga de aguas residuales, basura y toda clase de desechos en su recorrido a partir de los primeros tramos urbanizados del sector poniente de Torreón, a la altura del panteón del mismo nombre, hasta su desembocadura en el crucero de la avenida Allende y Múzquiz donde se construyeron encima fincas para negocios de madera, pintura y brochas.

En esas aguas infectas solíamos divertirnos los niños que escapaban de casa o de la escuela -la 20 de Noviembre la más próxima-, una actividad de la más pura esencia lúdica que nos permitió desarrollar habilidad y resistencia en la natación, los clavados y el buceo, aptitudes que más de uno en nuestra juventud demostró cruzando a nado el río Nazas a la altura del parque nacional de Raimundo. En cambio le teníamos pavor al igualmente extinto canal del Coyote que salía rugiente de las compuertas de ladrillo rojo y hojas de acero que domeñaban las aguas broncas del Nazas.

La insalubridad campeaba en agua y tierra y la carencia de redes de drenaje en la colonia Arturo Martínez Adame y 20 de Noviembre, las más pobladas en las márgenes derecha e izquierda hizo de los bordes excusados al aire libre con detritos por todos lados a los que había que librar con un salto aquí y otro allá, una destreza más de nuestra infancia.

Los vecinos, por su lado, arrojaban al tajo día, noche y de madrugada botes de lámina repletos de desechos nauseabundos aprovechando que no había vigilancia por parte de la policía municipal ni del comité de higiene que se formó en aquellos años -1930 aproximadamente- para contener las infecciones que amenazaban a la salud pública. Las familias afectadas se quejaron ante las autoridades sanitarias, pero no hubo respuesta inmediata. En el sector poniente del tajo, donde nos zambullíamos entre la inmundicia, no había letreros que prohibieran la insalubre práctica y mucho menos vigilantes para impedirla.

El canal, por lo tanto, cubría dos funciones: vía fluvial para el riego de los cultivos y cloaca de las aguas residuales ciudadanas, tanto en sus dos extremos como en el centro mismo de la población que le pasó por arriba. Fue una obra hidráulica de menor alcance que el resto de los canales comarcanos pero de presencia destacada en la historia regional, a tal punto que los cronistas lo han tomado como tema central de sus libros sobre el pasado lagunero.

El tajo atestiguó el acelerado crecimiento de Torreón pero al volverse innecesario lo soterraron en sus tramos al aire libre en los años 50 del siglo pasado y cuando la nueva ciudad comenzó a tomar forma, los pioneros del sistema de irrigación y propietarios de las tierras y sus sembradíos, lo embovedaron con muros y arcos de concreto armado y ladrillo rojo en el techo, solucionando en esa forma las exigencias urbanas de fines del Siglo XI y principios del XX. Fueron los mismos particulares los que financiaron la adaptación como lo hicieron con las compuertas de los canales regionales, pues el municipio carecía de dinero para esos fines.

Las azolvadas bóvedas pasaron al olvido, hasta que un fortuito hundimiento en el centro de Torreón las puso al descubierto en el 2003. Antes de ese año muy pocos ciudadanos sabían de su existencia y las mismas autoridades locales que presumieron de su "descubrimiento", una postura oficiosa porque el canal ya estaba ahí, o sea que se trató más bien de la recuperación casual de lo que ahora es una reliquia museística. Atravesaba diagonalmente el primitivo trazo urbano y por eso lo amurallaron a su paso subterráneo por la ahora urbe lagunera, el antiguo Casino de la Laguna como referencia.

Con los riesgos de salud latentes -casualmente todavía no aparecían los mosquitos trasmisores del dengue ni el zika-, crecieron a la vera del canal tres generaciones hasta que el acueducto fue cegado en su totalidad. Ya no más forúnculos en la cabeza ni ronchas en los brazos.

A los niños no nos preocupaban los problemas de los mayores y no salíamos del canal y sus aguas turbias. Aprendimos a sortear las manchas gelatinosas con inmersiones sincronizadas con boca y nariz cerrada aunque no todos tenían el mismo cálculo y emergían en busca de aire con los manchones fecales sobre sus cabezas.

El historiador lagunero Carlos Castañón Cuadros, escribió un libro de 90 páginas dedicado al Camal de la Perla con datos ampliamente documentados que confirman la relevancia de la modesta obra en el desarrollo fluvial y económico de la región lagunera. Describe costos de la apertura de los canales, instalación de las compuertas, del embovedo, características de los muros y material empleado en el de La Perla, medidas de los arcos de piedra utilizados para construir la bóveda, pero pasa por alto -tal vez porque se trata de nimiedades- las funciones del desaparecido tajo como sitio de esparcimiento, balneario y forjador de la personalidad al alcance de los infantes que nunca tuvieron acceso a una alberca pública ni privada.

En nuestra imaginación el tajo asumía características de canal veneciano deslizante -tablones y neumáticos viejos por góndolas- para el disfrute de las familias vecinas y de las que llegaban de las colonias Maclovio Herrera, La Rosita, Torreón Viejo y los senderos del Cerro de la Cruz antes de que lo alcanzara la expansión urbana que se extendía vertiginosamente tanto en suelo parejo como en los cerros circunvecinos.

Para los niños émulos de los "triquis" -siempre anduvimos descalzos- los mezquites fueron su trampolín y la maleza circundante una selva amazónica que ocultaba cocodrilos y serpientes ideados por nuestra mente aventurera.

Por eso y por otras cosas más, qué lástima que el tajo se haya esfumado de nuestras vidas en aquella época dorada.

Por cierto y como goce colateral, comenzamos a abrir los ojos ante las mujeres que ejercían el trabajo sexual en el callejón de Los Laureles, paralelo al canal entre la escuela primaria y la calle Múzquiz: se sentaban ante sus accesorias de tarea con las piernas cruzadas ofreciendo una vista panorámica de sus encantos y ponían un brasero en la puerta para atraer a los clientes friolentos. Otras, juguetonas, metían zancadilla a los chicos distraídos para hacerlos caer en sus brazos como madres que amamantan pero aquellos escapaban despavoridos. Yo fui uno de ellos.

En aquellos lejanos atardeceres corría la versión de que los excrementos humanos le daban a las aguas canalizadas propiedades fertilizadoras y eran aprovechadas en el riego de las hortalizas que existieron en el sector donde ahora se levanta la colonia Aquiles Serdán, hacia el suroriente de la población.

Aseguraban los informantes que las lechugas, los tomates, los chiles y los rábanos los ingerían las familias creyendo que tenían cualidades vitamínicas. En la edad adulta comprobé que efectivamente los horticultores usaban las aguas negras para regar los cultivos, como sucedía en las tierras labrantías del ejido Cuba, en el municipio de Gómez Palacio,

Carlos Castañón Cuadros concluye que "el canal de La Perla plantea diversas cuestiones en torno al conocimiento del pasado de la ciudad (de Torreón) , no tanto por el canal mismo, sino por los problemas, algunos muy viejos como el conflicto por el agua; otros nuevos como el sistema de agua potable y drenaje de la ciudad, que hacen pensar en la dificultad de levantar, pero también convivir en lo que es ahora parte de nuestro espacio cotidiano" El canal cumplió a cabalidad con ese objetivo: la convivencia. Originalmente el aire libre y ahora como museo subterráneo, sigue congregando a la gente.

Vuelvo a mis sueños y remembranzas, a la boca de la corriente azolvada hasta la mitad por animales tiesos y despanzurrados, desechos de plástico de todos tamaños y formas, bolsas de contenido adivinable y troncos y más troncos con sus ramas formando una represa. A sus orillas los dulceros lanzaban al aire los cacahuates destinados a la elaboración de los garapiñados eliminando con ese procedimiento cáscaras, piedras y tierra, un sistema parecido al que aplican los cultivadores del trigo cosechado.

Ahora recorro periódicamente los tramos subterráneos habilitados como museo a partir de la calle Zaragoza y observo a los visitantes con ganas de decirles: -¡Yo nadaba en este canal, mírenme bien!, pero nadie me hace caso. Entro al museo Arocena y me detengo ante las bóvedas vistas a través del vidrio que las exhibe debajo del antiguo Casino de la Laguna. Retornan las añoranzas y decido darles forma de relato escrito para que no se me olviden zambullidas y respiración contenida ante el paso de los desechos flotantes en camino hacia su conversión a fertilizantes.

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