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EL SÍNDROME DE ESQUILO

EL TEATRO DEL PODER

VICENTE ALFONSO

Del Leviatán de Thomas Hobbes a El Gatopardo, de Lampedusa, son cientos los autores que han reflexionado sobre el tema del poder. Luigi Pirandello, Leonardo Sciascia, Hannah Arendt… Entre nuestras letras podemos mencionar a Luis Villoro, Daniel Cosío Villegas, José Revueltas, Federico Campbell, Carlos Fuentes, Octavio Paz… No obstante, cada vez que entramos en una temporada de campañas electorales, por alguna razón recuerdo sobre todo una pieza teatral estrenada en México en 1938: El gesticulador. En ella Rodolfo Usigli nos enfrenta nuevamente con dos hombres que nacen en el mismo pueblo, en el mismo año, y que además llevan el mismo nombre: César Rubio. Uno de ellos, protagonista de la obra, es un profesor universitario que vuelve al norte del país en busca de mejor suerte de la que tuvo en la capital. Su materia de estudio es la Revolución Mexicana, de la que se precia de saber más que nadie. El otro César Rubio estuvo aún más vinculado con la revolución: fue un general, "el más extraordinario de todos", que se levantó en armas en 1908, a raíz de la entrevista Creelman-Díaz. En la ficción de Usigli es el general Rubio quien convence a Madero de publicar La sucesión presidencial, y mientras todo el país celebra las fiestas del Centenario, Rubio recorre la república sosteniendo las primeras batallas. Después desaparece de la escena nacional y se le da por muerto.

Recién ha regresado el profesor Rubio al norte del país, es tomado por el general desaparecido. Eso lo convierte, al modo mexicano, en un príncipe, un heredero: es invitado por una comisión de diputados a ser candidato a la gubernatura de su estado. Si bien no niega ser el general, trata de disuadir a los legisladores de que "lo dejen tan muerto como estaba". Pero cuando el Presidente de la República le extiende la invitación, el profesor acepta. Elena, su mujer, le reprocha que lo haga y que con ello aplaste la congruencia que durante tantos años ha mantenido. La respuesta del profesor es inmediata: "Todo el mundo vive aquí de apariencias, de gestos. Yo he dicho que soy el otro César Rubio… ¿a quién perjudica eso? Mira a los que llevan águila de general sin haber peleado en una batalla; a los que se dicen amigos del pueblo y lo roban; a los demagogos que agitan a los obreros y los llaman camaradas sin haber trabajado en su vida con sus manos; a los profesores que no saben enseñar, a los estudiantes que no estudian".

A la mitad del segundo acto, Rubio enuncia una idea que resume la pieza: "El poder mata siempre el valor personal del hombre". Más adelante, en el acto tercero, señala "¿Quién es cada uno en México? Donde quiera encuentras impostores, impersonadores, simuladores, asesinos disfrazados de héroes (…) ¿quién les pide cuentas? Todos son unos gesticuladores hipócritas"

Al ser asesinado por el mismo hombre que mató al revolucionario, el profesor Rubio asume el destino del general. Si en El gesticulador la muerte disuelve la impostura, en otras ocasiones la propicia, pues el impostor puede hacerse pasar por muerto: eso es lo que ocurre en El difunto Matías Pascal, la primera novela de Pirandello que fue reconocida por el público. La anécdota es sencilla: Matías Pascal es un bibliotecario que está harto de su vida. Su depresión y el hartazgo provienen en gran parte de la muerte de sus hijas gemelas. Una tarde, luego de discutir con su mujer y con su suegra, el bibliotecario resuelve escaparse a una población cercana para apostar a la ruleta. Justo esa tarde los vecinos de su localidad encuentran el cadáver de un ahogado en avanzado estado de putrefacción, y creen reconocer en éste los restos de Matías. Eso abre una oportunidad que el bibliotecario decide aprovechar.

Creyendo burlar el infortunio, Matías Pascal renuncia a la única certeza que tenía: su identidad. Comienza así a construir nuevos lazos, nuevas rutinas e incluso improvisa un pasado bajo el nombre de Adriano Meis: "no tanto por distraerme, como por darle cierta consistencia a mi nueva vida que campaba en el vacío, púseme a pensar en Adriano Meis, y a imaginarle un pasado, y a preguntarme quién fue su padre, donde nació…". Las complicaciones de esa dislocación del yo no tardan en mostrarse: sin la posibilidad de documentar la identidad que se ha inventado, el bibliotecario está al margen de la ley e incluso al margen de la vida pues "para la muerte es todavía un vivo y para los vivos es ya un muerto".

Además de la dislocación del yo, estos personajes tienen otra cosa en común: en la escena primera de El Gesticulador vemos al profesor César Rubio acomodando cajas de libros. Al inicio de El difunto Matías Pascal el propio Matías nos informa de su trabajo como bibliotecario, y en el capítulo cinco de la novela dice: "de esa suerte leí de todo un poco, a la buena de Dios, pero, por lo general, libros de filosofía (...) a mí me echaron a perder el cerebro, que ya de mío lo tenía desquiciado". twitter: @vicente_alfonso.

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Escrito en: El síndrome de esquilo

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