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Centralización versus democracia

JULIO FAESLER CARLISLE

La gestión de Andrés López Obrador como presidente de la república lleva solo nueve meses de gobierno. Faltan cinco años para que el sexenio termine. Pretender derivar una aprobación o censura es prematuro.

Es válido, empero, destacar que los primeros meses de gobierno el licenciado López Obrador han generado mucha confusión. El Primer Informe confirmó decisiones de acierto muy cuestionable y omisiones en situaciones donde el "sentido común" demandaba respuestas claras.

La reacción de AMLO a la respuesta de sus opositores ha sido cerrada. Esta vía lleva a una soledad autoritaria que irá dependiendo para sobrevivir cada vez más del respaldo parlamentario o militar. Hay quienes creen en la posibilidad de que el presidente ceda en sus primeros planteamientos más dramáticos y acabe por allanarse a encabezar una gestión sexenal enteramente convencional semejante a las de sus antecesores.

López Obrador, que se ufana de ser un hombre terco, podría seguir adelante con su Cuarta Transformación, con todas sus toscas decisiones, sin importarle las resistencias crecientes. Su único apoyo serían costosas dádivas repartidas a los estratos más numerosos del país y beneficios consistentes, como los de la Providencia Divina, en forma de casa, vestido, sustento, educación y seguridad. Esos bienes no son de importación y su producción tiene que provenir, como hasta ahora, de fuentes nacionales, de empresas privadas. La alternativa sería regresar a las múltiples empresas estatales de antaño. Una nacionalización total de la producción no es, hoy en día, opción ni viable ni querida. Están muy presentes los dolorosos fracasos que sin excepción han sido y son los regímenes socialistas.

Pero lo que AMLO sí puede tener en mente es seguir centralizando en el Gobierno algunas actividades económicas importantes, así como diversas políticas sociales para corregir los elementos del "perverso" neoliberalismo que imperaba.

La centralización de las decisiones económicas no promueve el progreso ni el dinamismo que México requiere para dar ocupación a más de 60 millones de mexicanos que conforman la población económicamente activa. La competitividad en el comercio exterior es otro factor que impide la centralización.

Si el mundo económico no se aviene a la centralización y por el contrario se nutre de la diversificación, el mundo de las actividades políticas es muy distinto. En la política la diversificación ni funciona, ni es benéfica. Lo centrífugo resulta dañino y a diferencia de lo económico, el poder gravita hacia el control y la disciplina. Es aquí donde el poder intenta concentrarse y desde ahí hacerse valer en todos los ámbitos y niveles posibles.

Están a la vista los ejemplos más recientes: en Baja California, donde un gobernador electo de Morena ha querido alargar su gestión gubernamental a cinco años, y la pretensión, afortunadamente fallida, también de Morena, para prolongar por seis meses más la presidencia de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados.

México se encuentra en este momento en la confusión provocada por López Obrador, que aspira completar su proyecto de Cuarta Transformación. La ciudadanía se encuentra en el preciso coyuntural donde tiene que decidir si le permite a AMLO continuar con su proceso centralizador de decisiones públicas que está en activa y diaria marcha con medidas específicas como los recortes draconianos que afectan salud y educación, el cierre de estancias infantiles, el control de reparto de medicamentos o de insecticidas, el despido masivo de burócratas, y muchas más que se han venido tomando. La defensa de las libertades de opción que son el eje de la cultura de la democracia está en juego.

Hay una diferencia: la ruta de la democracia es ardua y requiere una firme consciencia de responsabilidad cívica. Dejar que avance sin mayor ruido, sin sentirse, la centralización de todas las decisiones hasta las personales es fácil, pero su resultado final es costoso y dramático.

En cualquier momento la voluntad individual que actúa en diversos esquemas sociales se enfrenta a pruebas o disyuntivas. En el esquema económico la diversificación fortalece a la sociedad. En el esquema político la diversificación es indeseable porque fracciona y debilita la entidad.

El compromiso ciudadano es el de no permitir que el poder político se adueñe de su voluntad convirtiéndolo en instrumento inconsulto en ventaja de fines indignos. La etapa que vivimos es crítica. Demanda valentía personal.

juliofelipefaesler@yahoo.com

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