Ella de 23 años, él de 25; cinco años atrás, enamorados, habían contraído matrimonio, apenas terminada la preparatoria. Se casaron desoyendo recomendaciones y consejos de sus familiares y amigos, especialmente de las madres de ambos, en el sentido de “piénsenlo, están muy jóvenes; eres casi una niña”, le decía su madre a Isela; “con qué la vas a mantener, el matrimonio es cosa seria, de mucha responsabilidad”, argumentaba la mamá de Iván, tratando de disuadirlo.
Pero como el amor no entiende razones, el de ellos triunfó sobre todas las advertencias, y decidieron iniciar una vida en común. Se instalaron en una modesta casa de interés social, mediante el pago de una módica renta ubicada en una barriada popular. Él logró colocarse en la sucursal de una institución bancaria, donde se desempeñaba como cajero, pero en realidad hacía de todo: era mensajero, conserje, daba mantenimiento a los aparatos eléctricos, al sistema de refrigeración, hasta de guardia y vigilante nocturno; todo con la intención de mejorar sus ingresos, pues como cajero le pagaban un poco más del salario mínimo.
Esta percepción salarial resultaba insuficiente para atender las necesidades propias y las de su esposa, matrimonio que se convirtió en familia cuando vino el primer hijo, al cumplir un año de casados; luego el segundo, mejor dicho la segunda, pues fue una linda niña la que vino a aumentar la urgencia de más ingresos. A la fecha de relatar esta historia urbana, ya eran tres los hijos de Iván e Isela, y la situación se complicaba cada vez más.
Ella, para ayudar en las cargas del hogar, ofrecía a damas servicios de peluquería a domicilio, pues paralelamente con la secundaria, había llevado un curso de belleza, que ahora ante el panorama familiar tenía que aprovechar.
Pero aun así el dinero no alcanzaba, por lo que Iván tuvo que trabajar de taxista por las tardes, teniendo como patrón a un corrupto líder transportista que explotaba a sus trabajadores, dándoles jornadas agotadoras y pagándoles una miseria por sus servicios. Iván comenzaba su tarea en el taxi, a las tres de la tarde y terminaba a las once de la noche, diariamente.
Cansado y fastidiado por su situación llegaba a su casa a media noche, y lo único que quería era dormir, por lo que ignoraba la plática que su esposa pretendía iniciar para contarle cosas de los niños y cómo le había ido a ella durante el día.
Ambos habían perdido interés en su pareja; el amor de plano había desaparecido y por el motivo más insignificante se “enfrascaban” en agrias discusiones, en las que sobresalían los gritos, se insultaban, se faltaban al respeto, se ofendían, dando un espectáculo poco edificante ante los hijos, que muchas veces al ver a sus papás pelear, rompían en llanto pidiendo la ayuda de los vecinos que frecuentemente tuvieron que pedir la intervención de la policía para que pusiera orden en aquel “hogar”.
Dice el cuento: “El amor y el interés se fueron a pasear un día, pudo más el interés que el amor que le tenía”. La situación de Iván e Isela era cada día más conflictiva; por cualquier cosa discutían; cuando no peleaban, dejaban de hablarse por varios días.
Simplemente entre ambos ya no había empatía, mucho menos amor. Aunque no lo decían, íntimamente pensaban en la conveniencia y necesidad de la separación.
Cuando el dinero falta, la pobreza entra por la puerta y el amor salta por la ventana.
Esta es una realidad, por dolorosa que sea. En eso pensaba Iván, cuando conducía el taxi que operaba, dirigiéndose a la Facultad de Derecho, en donde Ignacio, su amigo de la preparatoria, que con esfuerzos había cursado una carrera universitaria, presentaría esa tarde ante los sinodales que lo examinarían su Tesis Profesional con el tema: “Incompatibilidad de caracteres como causal de divorcio”; al invitarlo, Ignacio dice a Iván: Amigo, me voy a basar en tu caso personal para sacar adelante mi tesis. ¿No tienes inconveniente? ¡Iván guardó silencio!
(La historia es real; los nombres son ficticios por respeto a la identidad).
r_munozdeleon@yahoo.com.mx (III) Octubre 30 de 2019