Un viaje musical a lo largo de la novela Rayuela de Julio Cortázar. Jazzuela es la fusión de jazz y Rayuela, la obra cumbre del escritor argentino Julio Cortázar, señalando la importancia que el jazz tiene en su novela. Para Cortázar el jazz simboliza la libertad, la espontaneidad, la negación de cualquier estructura y Rayuela sigue este esquema, ya que el autor nos sugiere varias propuestas de lectura para que podamos escoger libremente.
Este libro-disco recoge las grabaciones de jazz y blues que están mencionadas en la obra: los capítulos del 10 al 18 concentrados en las actividades del Club de la Serpiente.
Para Carlos Rico C. Tapia Alvarado, licenciado en Historia, maestro en Historia del Arte y especialista en varios temas como la literatura y la historia de la música, la sonoridad, pero también la complejidad que da el jazz a las letras cortazarianas, adquieren valor en la medida en la que se convierten en un sello que lo diferencia del resto de sus contemporáneos, pero también en tanto representa una huella de su existencia, un índice de su presencia en este mundo, en una época determinada. Cortázar creía que la música hecha por afroamericanos rebasaba todo ámbito de significación y le daba la posibilidad de complementar algunos sentires dentro de sus descripciones, y bajo esa premisa también pudo formar a muchos lectores en el jazz, a partir de sus historias.
El hecho de que agregue más al jazz que al blues, se debe a que el primero tiene una complejidad armónica más alta que la del segundo, lo cual permite inferir que Cortázar no sólo ama las letras, sino la música del jazz, porque ahí es donde se refleja el saber hacer, como ocurrió con Duke Ellington (1899-1974) o el mismo Charlie Parker (1920-1955); “la complejidad de la música acompaña así a la complejidad de sus textos, constituyendo una diferencia respecto al resto de autores del boom”.
El uso que Cortázar hace del jazz, puede compararse con el que hace el estadunidense Stanley Kubrick (1928-1999) en el cine, porque no solamente es agregar un dato para que el lector diga ¡ah, qué cosa tan bella!, sino para que se forme un ambiente al tiempo que lee sus historias.