-¿Nos casamos amor? Te prometo una boda inolvidable, le dijo el novio a la novia una noche de septiembre. ¡Nos casamos Quique! contestó la dama y cogidos de las manos formalizaron el compromiso. La noticia del casorio se difundió rápidamente y los familiares iniciaron los preparativos en aquel poblado canicular ubicada a cincuenta kilómetros del centro urbano más próximo.
La comunidad se alegró tanto por los contrayentes que gozaban de alta estima en la comarca como por la comida y bebida ofrecidas para el festejo y la música en vivo con una banda de músicos rurales: un sax, un contrabajo, un violín y una tambora. Las familias de los desposados se entregaron con empeño a la organización del evento. Circularon las invitaciones y comenzó la discusión sobre el alimento más apropiado para el festejo nupcial.
-No se enreden ni se compliquen la vida, sirvan una barbacoa de borrego con un guisado rojo, propuso la futura suegra del novio y nadie de los organizadores se opuso. El aspirante a suegro se encargó de comprar el animal con traficantes de ganado y contrató al matancero, regateando precios y calidad.
En el ánimo de Luis Enrique campeaba el firme propósito de ofrecer a Rosa Luz, su futura esposa, un matrimonio que jamás olvidaría. Muy jóvenes los dos, se mostraron dispuestos a emprender la gran aventura de sus vidas, enamorados y sin preocupaciones monetarias.
Y llegó el día de la fiesta nupcial. El sol pegaba fuerte en la improvisada cocina a cielo abierto donde se recalentaba en ollas la barbacoa cocida horas antes en un horno de tierra. Alrededor de 200 personas ocuparon las mesas de la celebración en el salón principal y comenzaron a ingerir la carne aderezada con cilantro, cebolla y chile colorado.
De pronto y en forma alarmante, entre vómitos y mareos, la mayoría comenzó a correr en busca del baño, tumbando mesas y sillas y arrastrando manteles para contener el vaciado intestinal. Los músicos deshidratados fueron los primeros en colmar el centro de salud rebasando los servicios de auxilio. (No había teléfonos celulares entonces, pero se hizo célebre la fotografía de un saxofonista sonriente saliendo del hospital de campo con su instrumento musical en la mano derecha, su sombrero de paja ladeado, camisa desabrochada y un litro de suero conectado a su brazo izquierdo).
Se generalizó la intoxicación entre invitados, colados y vecinos que no fueron pero la probaron: la carne -se supo pasada la emergencia- estaba descompuesta por el recalentamiento, uso de trastos oxidados y un borrego tuberculoso.
Cientos de glotones resultaron afectados, se acabó el suero que tenía el centro de salud rural y el que fue llevado desde la Cruz Roja de Gómez Palacio; hubo movimientos de emergencia en el hospital de campo para atender a los pacientes más graves y los que no alcanzaron lugar se sentaron en la banqueta del sanatorio con el frasco de suero en alto.
Los prometidos, por su parte, salieron indemnes; ese día se alimentaron de papas deshidratadas y queso panela (ella no quería engordar) y no probaron la barbacoa de borrego malpasado. El mal alcanzó a dos detenidos en la cárcel rural por faltas al buen gobierno, pues un familiar les llevó platillos de la fritanga descompuesta. Diarrea y vómitos complicaron su encierro en una celda sin excusado y con el candado anti fugas puesto.
Pasado el barullo, vino el gran final: -Te lo prometí amor, nuestra boda será inolvidable, y Luis Enrique abrazó y besó de nuevo a Rosa Luz en un receso del ulular de las ambulancias. (Basado en un hecho real. Los nombres son ficticios).