El Maratón de Boston permite a la población de Hopkinton activar su economía con los visitantes para presenciar la competencia. (ARCHIVO)
"Aquí es donde todo comienza".
La consigna aparece en la página online de Hopkinton, labrada en el piso de la escuela primaria Marathon, pintada en el anuncio que da la señal para que los participantes del Maratón de Boston salgan rumbo a la plaza Copley. Desde 1924, este poblado fundado hace 300 años, situado fortuitamente a una distancia de 42 kilómetros al oeste de Boston ha sido el punto de largada de la carrera más prestigiosa del mundo y como Maratón y Atenas, las dos están unidas estrechamente.
Desde la salida en esta localidad hasta la meta en la calle Boylston, residentes y corredores contemplan una primavera sin el Maratón de Boston - el primero en 124 años. Los organizadores y las autoridades pospusieron la carrera, prevista inicialmente para el lunes. Quedó reprogramada para el 14 de septiembre por la pandemia de coronavirus.
LOS REACTIVA
En un fin de semana normal previo al maratón, la población de Hopkinton triplica su número de 16,000 residentes para absorber a una masa de 30,000 corredores, además de los participantes minusválidos. Su plaza central se llena de gente, con carritos de comida y otros vendedores atendiendo tanto a turistas como a los participantes que estudian la pista.
Mientras otros quizás sólo se acuerdan de Hopkinton en el tercer lunes de abril, el maratón y su esencia permea en la localidad todo el año.
Los residentes conducen sus autos desde el punto de salida pintado en la calle Main rumbo al trabajo o a conciertos en la glorieta. Hay un plan para un construir un Centro Internacional del Maratón en el pueblo, ciudad hermana de Maratón, Grecia, donde nació la tradición de las carreras de larga distancia. Hopkinton tiene tres estatuas sobre maratones, incluyendo la de un hombre en la salida que levanta una pistola para decretar el comienzo de la carrera hacia el centro de Boston.
Hoy, el rostro de la estatua está tapado con una mascarilla de tela.
MODIFICADOS
Entrenar para un maratón es una tarea solitaria, pero la competencia como tal constituye una calamidad para el distanciamiento social.
Los participantes deben congregarse en grupos para esperar la orden de salida y luego correr en pelotones compactos para reducir la resistencia del aire. Los voluntarios les reparten agua a lo largo del trayecto y entregan las medallas en la meta. Aficionados y familiares esperan para felicitarles o abrazarles.
En la Universidad de Wellesley, donde el aliento es tan ensordecedor que se le conoce como el Túnel de los Gritos, los estudiantes exhiben cartelitos rogándole a los corredores que se detengan para darles un beso. Resulta inconcebible que esta práctica - que ya era una reliquia de otra era - sobreviva tras la pandemia.
SOUVENIRS
A unos pasos de la meta, la tienda de zapatillas Marathon Sports en la calle Boylston hace mucho negocio en el fin de semana previo a la carrera, con las decenas de miles de corredores que llegan a Back Bay. Todo suele calmarse el lunes, con los que los empleadores pueden salir para alentar a los que cruzan la meta.
Los participantes del maratón son fáciles de reconocer tras la carrera, por la medalla que llevan colgadas en el cuello, la frazada sobre sus hombros si hace mucho frío. Muchos siguen luciendo su número en el pecho.
Marathon Sports ha pasado a ser un punto de referencia sin querer desde que la primera de dos bombas explotara afuera de su ventana a las 2.49 de la tarde del 15 de abril de 2013. Darcy observaba la carrera desde otro sitio ese día y pasó infructuosamente varias horas tratando de contactar a sus compañeros de trabajo. Algunos resultaron con heridas; otros transformaron la tienda en un improvisado hospital, atendiendo a los heridos hasta que llegaran los servicios de primeros auxilios.
Hay un monumento en la acera en memoria de las tres víctimas en las explosiones y los dos agentes de policía que murieron en la persecución de los autores del atentado que paralizó la ciudad y sus alrededores durante casi toda la semana. La tienda demoró dos semanas en reabrir... ya ha vuelto a cerrar.
El mes pasado, desde que empezaron los confinamientos y se cancelaron numerosas competiciones deportivas, la Asociación Atlética de Boston sacrificó la fecha de primavera con la esperanza de mantener vida una tradición de 124 años.
Desde la primera edición en 1897, la carrera siempre ha coincidido con el Día de los Patriotas, feriado en el estado y que conmemora el inicio de la Guerra Revolucionaria. Al derretirse la nieve en Nueva Inglaterra, la ruta se llena de corredores que buscan ponerse en forma tras un invierno encerrados.
AÑOS
de tradición tiene
la justa atlética, interrumpida a causa del coronavirus.