Mi decisión de viajar recientemente a China, cuando la pandemia del COVID aún causa estragos en todo el mundo, no fue en modo alguno un despropósito. Como directivo del Consejo Empresarial Mexicano de Comercio Exterior (COMCE) me propuse responder con mi propio viaje a las preguntas e inquietudes de muchos empresarios mexicanos, en la víspera de la Cumbre Empresarial China-Latinoamérica y de la Feria Internacional de Shanghái para Exportadores.
Antes de tomar el avión es requisito indispensable estar vacunado, llenar dos formularios en línea con información sanitaria y contar con los resultados recientes de una prueba PCR a cargo de uno de los laboratorios autorizados por la Embajada de China en México.
Cuando aterrizamos en Shanghái, antes de desembarcar, subió al avión personal sanitario para asegurarse de que todos los pasajeros contáramos en nuestros teléfonos celulares con el código QR que acreditaba el cumplimiento de estos tres requisitos para entrar al país. Sólo completada esta tarea procedimos al desembarque. Ya en tierra, revisaban meticulosamente las constancias de vacunación, el formulario sanitario y las pruebas de laboratorio.
Superada esta primera etapa, nos condujeron a una clínica habilitada a un costado del edificio principal de la terminal, para aplicarnos la primera de varias pruebas PCR que habrían de pedirnos a los recién llegados.
Cuando pudimos finalmente salir del aeropuerto, ya nos esperaba una flotilla de autobuses para conducirnos a los diversos hoteles de la ciudad donde habríamos de cumplir la cuarentena en el más estricto confinamiento. Cada asiento del autobús indicaba el mismo número de asiento que teníamos asignado en el vuelo de llegada.
Al llegar a nuestro destino, debimos permanecer en el autobús mientras cada pasajero era atendido de manera individual en la recepción del hotel. Cada quien era responsable de cargar su propio equipaje, para reducir el riesgo de contacto con objetos foráneos. A quienes viajaban en pareja se les asignaron habitaciones separadas, sólo los niños pequeños podían ocupar la misma habitación de sus madres. Nos esperaban 14 días de aislamiento sin la posibilidad de cruzar la puerta de la habitación.
Una vez instalados en las habitaciones debieron pasar siete días para la aplicación de la segunda prueba PCR, mientras que una tercera prueba nos fue aplicada en el penúltimo día de la cuarentena. Debíamos también, nosotros mismos, tomarnos la temperatura dos veces por día y registrar los resultados en la plataforma habilitada en nuestros celulares con el código QR que se nos asignó.
Los tres alimentos nos los dejaban puntualmente en una charola a las puertas de la habitación. Se podían recibir platillos del exterior siempre y cuando viniesen empacados y protegidos con plástico para resistir la desinfección obligatoria. Hay hoteles de tres y de cinco estrellas para pasar la cuarentena y las tarifas varían de 250 a 450 yuanes por noche, con todo incluido (entre 700 y mil 300 pesos mexicanos).
Tras la cuarentena, vino la semana de observación, durante la cual aún había ciertas restricciones de movilidad y la obligación del uso constante de mascarillas. En esa semana debe continuarse con la doble toma diaria de temperatura, y tener dos últimas pruebas PCR.
Se podía viajar fuera de Shanghái, siempre y cuando se hubiera avisado con anticipación el destino del viaje, fechas, horarios y medio de transporte. Al municipio de Beijing no se puede viajar si no se han cumplido las tres semanas que abarca todo el proceso de entrada segura al país. Hasta aquí, todas las pruebas PCR son gratuitas.
Una vez que ya se puede viajar por el territorio de China, es requisito contar con una prueba PCR, aplicada con máximo tres días de anterioridad, antes de utilizar cualquier medio de transporte público interregional. Estas pruebas tienen un costo equivalente a 240 pesos mexicanos y los resultados se envían por celular en un plazo máximo de 12 horas.
Solamente en la ciudad de Beijing, en la entrada de bares, restaurantes, hoteles, estadios y centro comerciales, la inspección de los celulares a través de los códigos QR verdes es requisito ineludible.
Todo lo anterior, por complejo y estricto que parezca, le ha permitido a un país de mil 400 millones de personas transitar hacia una auténtica normalidad en la pandemia y limitar los contagios a su mínima expresión. Los brotes esporádicos provenientes del exterior, que han prendido focos rojos en todo el territorio chino, han sido controlados con experiencia, eficiencia, innovación científica y tecnológica, y sobre todo, disciplina.