La semana pasada se celebraron elecciones generales en Canadá, pero el interés mayoritario de los medios de comunicación se concentró en los comicios alemanes por la proyección mundial del gigante europeo. En Canadá obtuvo la victoria nuevamente el partido liberal encabezado por el primer ministro Justin Trudeau. En un giro muy sorpresivo y veloz de los últimos días previos a la elección, el partido conservador, encabezado por Erin O'Toole, estuvo a punto de alcanzarlo. Hay varios elementos dignos de consideración.
El primero es que el político más popular no es ni Trudeau ni O'Toole, sino Jagmeet Singh, líder del partido nuevos demócratas, una organización más pequeña y menos consolidada que liberales y conservadores.
El segundo elemento es que podemos extraer una lección de hubris. El primer ministro Trudeau las convocó por iniciativa propia, pensando que su exitosa campaña de vacunación contra el coronavirus le daría un impulso a su partido para obtener más espacios parlamentarios y la capacidad de formar un gobierno mayoritario sin necesidad de otras fuerzas políticas. La verdad es que el tablero político prácticamente no se movió. El tercer elemento es que la preocupación más sobresaliente del electorado, a pesar de tratarse de un país presuntamente muy exitoso en su política ambientalista, fue el cambio climático. El cuarto elemento fue la rapidísima capacidad de crecer de los conservadores en campaña.
El quinto elemento es la llamada crisis de los partidos políticos tradicionales. Los partidos nuevos sí crecen.
Juntos liberales y conservadores alcanzan un nada despreciable 66% de la votación de los canadienses, muy superior al 50% de socialdemócratas y demócratacristianos sumando sus votos en Alemania. Es decir, todavía dos tercios del electorado canadiense se siente representado por un partido tradicional, pero la tendencia es a la baja. Faltan hipótesis para entender esto. Canadá es una excepción en el clima de polarización de la mayor parte de las democracias y nadie ha explicado con claridad porqué. Se me ocurre quizá que no ha desmantelado su estado de bienestar y eso favorece la estabilidad, pero es preciso explorar más, pues ahí puede residir la clave para salvar las democracias liberales de nuestro tiempo.