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CLAUDIO PENSO

En las favelas de Río de Janeiro, las mujeres llevan latas de agua sobre sus cabezas y los niños remontan cometas al viento para avisar que viene la policía. Cuando llega el carnaval, esas personas se transforman y bajan de los morros con sus disfraces. Todos juegan a ser otro, se visten de reyes y reinas.

El miércoles de ceniza, cuando el carnaval termina y casi no queda ningún turista, la policía se lleva preso a quien sigue disfrazado.

La fiesta del carnaval tiene para el pueblo una connotación especial. Todo el año transcurre con énfasis en los recursos e ideas que culminarán con esos días de celebración.

El filósofo Osho afirmó que lo que llamamos felicidad es sólo el intervalo entre dos desdichas. ¿Trágico? ¿Pesimista? Quizá una pincelada de realismo.

Las celebraciones tienden a exacerbar el disfrute, la alegría. Es un momento de distensión. El epílogo de un período de tensión. Esa suerte de desborde en el que los límites parecen romperse.

¿Por qué la mayoría de las personas cuestiona la escasez de celebración en sus ámbitos de trabajo? Incluso muchos resaltan la constante sensación de exigencia que lleva al agotamiento.

En nuestras empresas cada día, durante extensas jornadas, los colaboradores tienden a replicar tareas que todavía medimos más en términos de presentismo y permanencia que en sus consecuencias y resultados. El foco está puesto en la parametrización, la reiteración de gestos y procesos que puedan controlarse.

¿Qué le sucede al hombre con la repetición? El aburrimiento.

La celebración se vive con culpa. Un empresario me dijo una vez que prefería evitar una felicitación. El estaba convencido que eso detenía el impulso y el esfuerzo. Por esto, era un especialista en encontrar errores y defectos.

Un episodio reciente me hizo reflexionar sobre esta tendencia. Estaba entrevistando al fundador de una industria, en conflicto con su hijo. Le pregunté cuáles eran los aspectos en los que admiraba a su hijo. Estuvo en silencio, pensando durante varios minutos. No podía decir nada. Hasta que comenzó a señalar sus defectos. Se excusó diciendo que le resultaba más fácil hablar de lo negativo.

No es necesario esperar un acontecimiento excepcional. La celebración requiere un espacio y algunos pretextos. Es un estimulante natural que alivia las cargas. Genera adrenalina, endorfinas. Las personas cuando celebran, se sienten distendidas, aumentan su pertenencia y su confianza. Aumentan su visión positiva y optimista. Creen que los desafíos son posibles. Renuevan sus energías y compromisos. Se divierten. Se establecen lazos y nuevos vínculos.

Desde hace años, cuando le pregunto a las personas que trabajan, cuáles son sus expectativas con el proyecto, la tarea y el equipo al que pertenecen, casi siempre escucho la misma expectativa: necesitamos más espacios de celebración de las pequeñas cosas que logramos.

Los gerentes y líderes son responsables de esta dosis de salario emocional. Como en cualquier vínculo y relación, sólo es necesaria una cuota de creatividad para encontrar excusas. Celebrar no tiene ninguna contraindicación. Si no es un hábito todavía, puede que las personas se miren extrañadas, pero eso durará apenas un instante, de inmediato se pondrán manos a la obra, a celebrar.

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