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Cerrar la boca

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CLAUDIO PENSO

Carlos V tenía un mentón sobresaliente que le impedía cerrar la boca, además de un labio inferior prominente. Todos estos rasgos lo convertían en un bebé de enorme fealdad.

También, ostentaba una horrible dentadura que las técnicas de la época no podían corregir.

Cierto día, un cortesano que ignoraba su problema de nacimiento le dijo:

"Cerrad la boca, majestad, que las moscas de este reino son muy traviesas"

La mayoría de las personas no cuenta con los rasgos del monarca pero mantiene sus labios en movimiento. A veces, porque sufre de incontinencia, otras porque supone que hablar es mejor que callar. A menudo, escapa el "parlanchín" que habita en lo recóndito de cada uno, dejando el eco de sus palabras.

¿Por qué nos cuesta tanto administrar nuestras opiniones y juicios?

En ocasiones, hablamos para enmascarar nuestra ignorancia. Tememos que los demás adviertan que no sabemos sobre algo.

También solemos aumentar el volumen en el marco de una discusión. Hablar más o más fuerte supondría tener razón. Ya sabemos cómo culminan esos intercambios de mucho discurso, poca escucha y menos entendimiento. Culminan en conflicto.

Una vez leí que cuando hablamos nos agrada escucharnos. Un soliloquio en voz alta con nuestro narcisismo.

Conozco personas que cuando comienzan a hablar se expanden. Van como niños traviesos de un tema al otro. Puede que tengan una leve ilación, hasta que la extravían. Ya nadie podrá recordar qué vinculación había entre las primeras frases y la última anécdota.

Hay personas que hablan simplemente porque detestan no tener la última palabra sobre cualquier cosa.

Algunos están enamorados de sus discursos y nos lo muestran como si tuviera un valor escénico.

La inmensa mayoría de las veces, cuando nos excedemos en el habla, obviamos que hay otro.

Es difícil encontrar a una persona que no estime, admire, respete y empatice con quien tiene la capacidad de escuchar. El que sabe escuchar suele administrar sus palabras. Tiene el don de la oportunidad. Respeta a quien tiene al lado o enfrente, cualquiera sea su postura.

Escuchar con atención, con intención, con la actitud de un recipiente que sólo entiende su propósito de recibir.

Aprender a cerrar la boca tiene tantos y tan grandes beneficios que si sólo lo intentáramos en la mitad de las circunstancias, comprobaríamos de inmediato sus efectos.

En nuestras bocas cerradas no entrarán ninguna de las moscas traviesas que vuelan todavía.

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