El día era muy caluroso. El niño decidió nadar en el río, detrás de su casa.
Su mamá lo miraba por la ventana y vio con horror lo que sucedía. Corrió gritándole que saliera del agua. El niño miró alarmado a su madre y luego hacia atrás, pero fue demasiado tarde.
La madre agarró a su hijo de los brazos, justo cuando el caimán le mordía las piernas.
La mujer tiraba con determinación, con la fuerza de su corazón de madre. El caimán era más fuerte.
Un vecino escuchó los gritos y mató al animal.
El pequeño sobrevivió y aunque sus piernas estaban desgarradas pudo volver a caminar. Mientras se encontraba en el hospital, un periodista le pidió que relatara su aventura y al preguntarle si quería mostrar sus cicatrices. El niño levantó la frazada y con gran orgullo dijo: "Señor, las que usted tiene que ver son éstas". Eran las marcas de las uñas de su mamá que habían presionado con fuerza para salvarle la vida.
En la vida de un hombre hay cicatrices que pueden exhibirse o simplemente recordarse. Son aquellas huellas que los actos y experiencias emblemáticas le han dejado.
Nadie que haya tenido éxito puede olvidar lo que lo ha precedido, alguna experiencia significativa o un fracaso memorable. Esos obstáculos son precisamente el epílogo que recordaremos luego de una travesía consagratoria.
Las batallas más difíciles son aquellas que le dan más sabor a una victoria.
En ocasiones, muchos perecen o quedan atrapados en la dificultad. Esas cicatrices son portadoras de una contienda perdida.
Las cicatrices que nos marcan no son muchas y tampoco pueden replicarse. Sólo tienen un enorme significado para quien las ha experimentado.
Nuestras cicatrices a menudo son las huellas de los momentos que recuerdan las heridas del alma. Tenerlas presente es importante, sobre todo cuando podemos vincularlas con las personas que nos ayudaron con amor a salir del agua.
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