Diciembre es el mes de las danzas en Torreón y en otros lugares de la Comarca Lagunera. Las celebraciones con ocasión de las fiestas guadalupanas despiertan esta manifestación de religiosidad popular llena de colorido y cada vez más numerosa y participativa. Si bien hay otras fiestas (como la de San Judas Tadeo) en las que también hay numerosos grupos de danza, las guadalupanas son las que convocan a la feligresía católica en mayor cantidad y son también las que concentran a todos los grupos de danza.
En la actualidad estas danzas son una tradición plenamente establecida en la región. Ayer, mientras presenciaba el largo recorrido de un grupo en su camino al santuario de Guadalupe, me preguntaba cómo nace una manifestación de este tipo, cómo evoluciona hasta convertirse en tradición y, con el paso del tiempo, en elemento de la identidad regional. Sin pretender una respuesta propia de la antropología social o de la historiografía es interesante reflexionar sobre estas cuestiones dado que con los años sus alcances rebasan el aspecto religioso y en no pocas ocasiones se convierten en referencia regional, atractivo turístico y fuente de nuevas economías.
En torno a devociones de religiosidad popular se han constituido tradiciones más allá del motivo estrictamente religioso, incluso superando ese origen y transformándose en el atractivo turístico principal y fuente de ingresos importante de localidades grandes y pequeñas. Ejemplos sobran, pero citemos sólo algunos: la feria de San Marcos, en Aguascalientes, los "sanfermines", en Pamplona o las famosísimas fiestas de carnaval en Río. Podría asegurarse que en sus primeras ediciones estos festejos eran apenas un barrunto de lo que han llegado a ser. Lejos estaría en sus inicios la idea de que algún día serían el principal motivo de reconocimiento de sus poblaciones y hasta la fuente más importante de ingresos para una buena parte de su población.
Sobre esto último podemos convenir que mientras una manifestación social como las descritas se encuentra en sus orígenes resulta difícil para sus contemporáneos distinguir y aquilatar lo que tienen delante. Un ejemplo local serían las gorditas. Hoy damos por sentado que son una tradición lagunera y parte central de la gastronomía comarcana. No eran eso cuando fueron introducidas a la región (quizá por gente que llegó de Zacatecas). Pero los años y la devoción a este sencillo manjar las han convertido en orgullo comarcano y en platillo imprescindible en la dieta semanal mayoritaria en la región.
Algo semejante puede estar ocurriendo con las danzas y sus cada vez más numerosos grupos cuya manifestación principal se presenta, como hemos dicho, en este mes. Mientras observaba el paso de los grupos de danza y escuchaba el chin chin de las sonajas, imaginaba si algún día esta devoción y la evidente evolución que ha tenido, tendría un día especial semejante al sambódromo de Río. Ya hay un día de peregrinación en el que participan todas o la mayoría, Y probablemente allí se encuentre la semilla de lo que podría llegar a ser un día especialmente atractivo para que mucha gente viniera a Torreón en estas fechas al danzódromo comarcano.
Probablemente es demasiada imaginación, pero al final del día ninguna manifestación de este tipo surgió con el alcance, impacto y colorido que actualmente tienen. Reitero el ejemplo de las gorditas o ese otro de las reliquias. Para efectos de tradición, con el arraigo que ello implica, somos una región relativamente joven, pero que ya ha trazado algunos elementos de identidad evidentes. Seguramente muchos factores se conjugan para dar lugar a un fenómeno tan amplio que pueda, además de ser tradición y elemento identitario, constituirse en atractivo para el turismo masivo en una localidad. Un argumento a favor de esa posibilidad radica precisamente en el tamaño que han ido adquiriendo los grupos de danza, el cuidado en la vestimenta y los bailes y, desde luego, en haber ganado un lugar en las tradiciones comarcanas.
@EdgarSalinasU