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El valor de la amistad en tiempos mezquinos

YOHAN URIBE JIMÉNEZ

En el periodismo, la ventaja de escribir una columna es que uno puede hablar de cualquier cosa. Cuando no se tiene nada interesante que decir, entonces se puede hablar de política, por ejemplo. Y si la realidad es difícil, cruda, delirante, devastadora, incomprensible, entonces se puede criticar un libro, una película, o una política pública de gobierno, aun cuando se esté lejos de llegar a ser creador o estadista.

Una novedad editorial, consultada con la esperanza de entender en algo la cruel dictadura a la que nos tienen sometidos los imperios de Facebook y Google; el "Discurso de la servidumbre voluntaria" de Étienne de La Boétie, me hizo recordar al promotor de su memoria y de su obra. A su gran amigo, Michel de Montaigne, aquel genio que dedicó a Boétie una de sus más grandes obras, el ensayo "De la amistad".

Adopte la frase de Borges: "no diré Montaigne sino la amistad", luego de navegar en sus páginas hasta de comprender el valor y la fortuna de esa sagrada palabra que hoy mancillados con ráfagas imparables de "me gusta". Compramos amigos con un clic, y los clasificamos por colores, géneros y gustos. Vivimos una era complicada, el diabólico duopolio Google - Facebook, entre otras cosas, convirtió a muchos periodistas en cazadores compulsivos de clics, han sido despiadados con este sagrado oficio de contar historias y rebajaron el concepto de la amistad a la práctica de estar hiperconectados.

Así como la excitación de un mes (diciembre) disfraza el verdadero sentido de una fiesta (navidad), la permanente guerra por secuestrar la atención de los usuarios, a través del teléfono, la computadora, o cualquier cosa que tenga pantalla, ha logrado que banalicemos incluso este tipo de conceptos. Recuerdo ahora que el periodismo, además de grandes momentos, me reafirmó la definición de Montaigne sobre ese concepto que hoy se difumina en la efervescencia de las redes sociales, la amistad.

Para Montaigne, la amistad es diferente a cualquier tipo de relaciones, por una razón fundamental, es indestructible. Su llamado, como años más tarde lo haría otro de mis dioses, Ernesto Sabato, en su libro La resistencia, es un grito a la prudencia y la templanza. Desde que coleccionamos amigos por millares y nos preocupamos más por la vida virtual que por la real, hemos hecho de la amistad una extensión más de la simulación que hace millonarios a los corporativos de Silicon Valley mientras nos tragamos entero el cuento de que las redes son la panacea de la libertad de expresión.

Por esa razón, como un homenaje a esa bella edición de Boétie, que me recordó el peso de una palabra tan mancillada en estos tiempos "amistad", y que tanto pulió con precisión Montaigne, escribo estas líneas, mientras escojo un libro de esos que pesan en las entrañas, para llevárselo a mi amigo, el periodista Iván Corpus, para que pase las malas horas y se recupere pronto, y podamos planear la siguiente cobertura, con la misma pasión y emoción como cuando pasamos unos días viviendo entre los miembros de la comunidad Kikapú, o cuando vivimos una navidad entre los internos de un Cereso, o con los niños de Casa Hogar, o narrando cómo viven un fin de año los bomberos.

Gracias Montaigne, por hacerme entender el valor de la amistad, para encontrarle algo de sentido a la vida, aún en estos tiempos egoístas y mezquinos, como diría Fito.

@uyohan

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Escrito en: Editorial Yohan Uribe Jiménez

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