En la vida existen momentos que nos marcan y su recuerdo ayuda a que tomemos decisiones en situaciones presentes: buenas, cuando son para mejorar; malas si influyen negativamente. Todas suman experiencia.
Encontrar respuestas sobre ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos? y ¿a dónde vamos? hacen pensar, buscando respuestas a inquietudes… ¿temores?
El Diálogo de hoy lo quiero dedicar para compartir con usted una experiencia que, en sí misma pudiera ser aterradora, pero abrió oportunidades para ser mejor persona.
En el pasado reciente, con Goyito, amigo de la adolescencia, partimos a fotografiar el Río Nazas.
Él es un fotógrafo aficionado pero con formación profesional; nuestro propósito principal era elaborar un archivo para trabajar a favor de la ecología y rescate de nuestra arteria principal de agua.
Por mi descuido caímos en una falla del lomo de la brecha y terminamos volcados, atorados entre dos árboles, -situación que descubrimos al rescatarnos- con obstrucción visual total y quedando llantas arriba; el borde del río estaba dos metros abajo. Luego supimos que el agua tenía casi 3 metros de profundidad.
Eran las 6 de la tarde y antes del accidente habíamos visto pasar a los últimos trabajadores, quienes en una motocicleta regresaban a sus casas.
Lo primero fue preguntarnos en qué situación nos encontrábamos, creyendo estar insuficientemente sostenidos, casi en el aire.
Asegurados por los cinturones de los asientos, reconociéndonos ilesos, empezamos a liberarnos: primero mi amigo y luego yo, con su ayuda.
Debo reconocer la serenidad de mi compañero, que propuso empezar evaluar nuestra situación: viernes por la tarde, oscureciendo, atrapados dentro del vehículo, sentados sobre el techo. Lo peor: entre jaras, juncos y maleza que seguramente nos cubría por completo; luego vimos que apenas sobresalían los bordes superiores de las llantas.
Siendo un día caluroso vestíamos sudaderas y pantalones cómodos y dotados con refrescos, agua y abundante hielo en una hielera; ahora estábamos ahí, atrapados, con la temperatura descendiendo rápidamente y además empapados.
Comprendimos que difícilmente nos vería alguien y, por la hora, calculamos que nuestras oportunidades aparecerían hasta por la mañana y, en el mejor de los casos, cuando nuestras familias resintieran nuestra ausencia.
De nuevo tomamos decisiones: solo dejaríamos encendidas las luces posteriores del vehículo -led y parpadeantes- esperando que alguien las descubriera; en tanto, la temperatura seguía descendiendo y el frío empezaba a calarnos fuertemente. Solo nos quedaba esperar.
La plática de entretenimiento recorrió diferentes temas: la pésima situación que vivimos en México y el mundo; la epidemia del COVID; el futuro con la "nueva realidad"; sobre futbol, con el Santos Laguna y mis Pumas; nosotros y nuestras vidas; las familias; lo bien hecho y los errores cometidos en la vida.
Fue comunión entre amigos. Ahí empezó la riqueza de la experiencia.
No podíamos salir ni ver al exterior por las plantas rodeándonos y cerca del agua del río; además, con el vuelco, las puertas quedaron atascadas y tampoco había señal telefónica.
Reconocimos nuestra suerte: ¡no teníamos un solo rasguño!, sin duda ¡gracias a Dios!
El tiempo transcurría y el frío calaba hasta hacernos tiritar, cansados y entumecidos por las posturas incómodas en que nos encontrábamos; de pronto, llegó la pregunta:
-¿Crees que nos puede soltar lo que nos sostiene y nos ahogaremos?
-¿Tienes miedo a morir?, nos preguntamos y ambos coincidimos que no, -recuerde que nos conocemos de años y prácticamente nos habíamos confesado uno al otro- pero reconocimos pensar y temer al dolor y desesperación por morir ahogados. Luego un silencio que sugería oración y aceptamos la realidad.
El frío se hizo insoportable y en cada movimiento del vehículo nos preguntábamos si habíamos sido nosotros, tranquilizándonos; sin embargo, en varias ocasiones, un "ratatatata" nos advertía que algo amenazaba romper el equilibrio que nos sostenía.
-¿Qué piensas de la otra vida? Ambos reconocimos nuestra fe en Dios y el temor al dolor.
Las horas pasaban lentamente… una… tres… cuatro de la mañana y finalmente se agotó la energía de la batería de la camioneta. La oscuridad era absoluta.
En la oscuridad aún pudimos hacernos bromas macabras: ¿no estaremos muertos y no nos hemos dado cuenta?... jajajaja.
La conclusión: Dios aún no nos quería llevar y el llamado milagro no era por salvarnos, sino para hacernos la pregunta: ¿qué es lo que quiere de nosotros?
Finalmente amaneció y llegó el momento de revisar alternativas; ahora sabíamos que estábamos atorados entre dos árboles… ¿suerte? Bien entrada la mañana escuchamos una voz que preguntaba.
Rompimos el parabrisas y fuimos rescatados 16 horas después. También supimos de la movilización de amigos, jeeperos y autoridades. Nuestro agradecimiento a todas las personas que nos buscaron, hallaron y auxiliaron; imposible hacerlo individualmente.
La experiencia nos advirtió que tenemos otra oportunidad para mejorar.
Milagro para los creyentes; suerte, casualidades -una tras otra- para los escépticos. ¿Usted qué piensa?
ydarwich@ual.mx