Durante este mes se conmemoran los 100 años del natalicio de Paulo Freire, si bien es cierto que la visión que prevalece en el campo educativo sobre Freire, es de un pedagogo de los setentas, revolucionario en su época, pero que actualmente está fuera de contexto y que no tiene nada que aportar, ubicándolo y reduciendo su pensamiento a una sola publicación: La Pedagogía del Oprimido, sabiendo de antemano que su obra fue mucho más extensa de lo que se conoce. Sin embargo, su pensamiento puede ser leído e interpretado y nos puede dar luz sobre nuestro andar educativo.
Me parece importante que para que se pueda abordar una renovación es clave la gestión educativa en la escuela. De antemano tenemos que reconocer que la educación no es neutra, que, en ella, lleva implícito un mensaje, una postura ante la realidad, es lógico que se asuma una postura concreta como instituciones educativas.
Freire concibió que la educación, en su totalidad es política, advirtiendo que tal vez nunca se haya hecho tanto por la despolitización de la educación como hoy. Buscando imponer el discurso es evidente que en la actualidad la escuela y la educación está sujeta a fuertes vientos tendientes a reproducir el sistema capital feroz, tenemos ejemplos claros de cómo ha ido la política económica dando pasos sólidos en la tecnificación de la educación con el fin de soportar la capacidad de las empresas, se observa a la educación como un instrumento de la modernización y una arma en contra del desempleo, pero esto solamente orilla a la educación como un instrumento al servicio de una economía atroz.
La escuela al ser un centro democrático posibilita la apertura a un análisis crítico, a una educación de participación de toda la comunidad educativa: alumnos, padres de familia, profesores y directivos. El fantasma está en que se confunda la participación en meras fórmulas discursivas o protocolos simbólicos que alardeen una participación la cual en muchos de los casos está subordinada, sujeta a vigilancia y control, retomando el modelo de instrumentación capitalista.
Es de suma relevancia como lo anotaba líneas arriba, para Freire el cambio de cara de la escuela no puede darse por definición, realizarse sin una verdadera participación de los miembros de la comunidad educativa. Por ello, si se plantea una debida repolitización democrática, exige el reconocimiento de la diversidad de los integrantes de la comunidad educativa de una escuela, en consecuencia, se tendrá que aceptar la diversidad de opiniones, ideas, creencias, de proyectos educativos, etc.
Hay que aceptar que hay un temor generalizado de que esta diversidad pueda crear divisiones por el sólo diferir, sin embargo, en la diversidad encontraremos la riqueza, ya que cuando se da, crea consensos, enriquece y fortifica.
Además, en el diálogo y discusión de las dimensiones políticas, cívicas y éticas podremos encontrar un camino a la democratización, a la intervención de la comunidad y la participación de los no especialistas, ampliando las voces de los protagonistas. Freire destaca la articulación entre la construcción de la escuela democrática y la democratización de la organización, como un todo integral, que ambos aspectos se necesitan uno del otro. Es importante resaltar que Freire concluye, sobre todo en sus últimas publicaciones que es conditio sine qua non para darse la democracia y la ciudadanía, la instauración de prácticas educativas democráticas en la escuela, tomando relieve la estructura de la organización.
Finalmente, lo señala Licínio Lima: "Administrar la educación y dirigir las organizaciones y centros educativos, así como enseñar, se revelan como tareas político pedagógicas, que implican, por lo tanto, un trabajo educativo, y este, tal como brillantemente Paulo Freire defendió, no puede existir sin opción política".