Esta semana, el director de Materiales Educativos de la SEP recibió lo más preciado: un elogio del presidente de la república. Después de que el funcionario hablara de la necesidad de superar la frivolidad de la literatura placentera para convertir la lectura en palanca revolucionaria, el presidente salió en su defensa. En su conferencia del 5 de agosto, el presidente describió al señor Marx Arriaga como un profesional, un hombre íntegro y honesto. Desde ese extraño universo donde vive, el presidente lo ve como un hombre de "mucha capacidad." Al mismo tiempo, la cancillería removía al funcionario diplomático que osó burlarse de la estupidez del comisario y celebrar el gozo, la imaginación, el humor. La defensa del placer que hizo Jorge F. Hernández resultó inaceptable. Burlarse del advenedizo que es tan querido por la primera pareja, mucho peor. En un párrafo execrable, el jefe de la diplomacia cultural, expuso la razón que justificaba el cese. El escritor, a quien reconocía eficiencia, había incurrido en "comportamientos graves y poco dignos de conducta institucional." Era, desde luego, una señal de lealtad al jefe. La cabeza del funcionario, entregada como ofrenda de fidelidad.
Poco convincente fue el mensaje posterior de ese funcionario que no puede identificar con precisión a una embajada ni a una embajadora. El mensaje de la oficina de la diplomacia cultural muestra los códigos del servilismo hecho régimen. Un mensaje que se hace público, pero no se dirige al público, sino al palacio. El jefe de la diplomacia cultural asume en el comunicado la responsabilidad del nombramiento del escritor y de su cese para cubrirle las espaldas al canciller. No se vaya a pensar en Palacio que el propio precandidato infiltró a sospechosos. No se vaya a pensar en el primer círculo que la infidencia se dejó sin castigo ejemplar. El gobierno de López Obrador no es un gobierno dedicado a la acción sino a la genuflexión.
Hemos hablado de la barbaridad del señor Arriaga sobre la lectura. Sus palabras sobre el miserable escapismo de los lectores parecen una parodia de la estulticia a la que lleva el fanatismo. Pero más allá de ese disparate del que debemos de seguirnos burlando, vale la pena acercarse al armazón de ese alegato porque muestra la columna reverencial del régimen. Al dirigirse a los normalistas rindió homenaje al presidente de México, alabando aquel decálogo que presentó como estrategia moral para enfrentar la pandemia. El sermón del desapego le parece una reflexión admirable, única en el mundo. Sea cual sea la devastación de la pandemia en México, lo importante es que aquí hay luz. El presidente de México aparece a los ojos del adulador como el gran faro moral del universo. Mientras los médicos y los gobernantes en el mundo hablan de la salud del cuerpo, el presidente de México habla del bienestar del alma. El luminoso faro mexicano coloca la fe por encima de la ciencia y al sacrificio por encima de la salud. Esa es, seguramente la gran capacidad que el presidente López Obrador reconoce en el señor Arriaga: un enorme talento para la producción de elogios. La eficiencia administrativa debe medir esa dimensión del servicio público: la productividad adulatoria.
El gobierno federal se dibuja así como el modelo de una república de lacayos. Una república que encumbra la trampa y la indignidad de los leales, mientras se deshace del talento de los independientes. El conocimiento, la experiencia son un estorbo para esta política de servidumbre. Un gobierno que ha convertido en tapete a los prestigios que llegó a convocar; que bloquea cualquier brote de inteligencia para no incomodar al hombre de las irrebatibles ocurrencias. En la órbita de la cultura esta abyección es quizá más ofensiva porque sofoca creatividad y saber. Las instituciones de la ciencia, dispuestas a quebrar los principios más elementales del trabajo académico para obsequiarle el máximo reconocimiento a un impostor que es estimado por el caudillo y trabaja como fiscal de la república.
La república de los lacayos es un régimen de adulación, silencio y reverencia; un régimen que exige una ostentosa identificación con los dictados, las frases, las antipatías y los afectos del Señor.