Yo iba de joven a la Pinalosa, en la sierra de Arteaga de mi natal Coahuila. Acompañaba a mi padre, pues ahí vivían los hermanos Michelena, famosos maquinistas -así eran llamados los operadores de bulldozer- que trabajaban con él en la construcción de los caminos montañeses. Esos buenos muchachos nos obsequiaban en su casa campesina con cuajada hecha con leche de cabra -¡cómo rechinaba al masticarla!-, con huevos de guajolota, con pan de acero sabrosísimo.
En estos días ese bello paraje es un infierno. Basta una hora para que el fuego de un incendio forestal arrase lo que tardó siglos en hacerse. Una imprudencia humana y se vuelve un desierto de cenizas el umbroso bosque donde habitaban el oso negro, el puma, el venado cola blanca, la ruidosa ardilla, el pájaro azul, el jabalí.
Desde el Potrero se mira la alta nube de humo. Por las noches se ilumina el cielo con el fulgor de las llamas. Dicen que hasta acá se oyen los gritos de los pinos que mueren.
Estoy triste.
¡Hasta mañana!...