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ARMANDO FUENTES AGUIRRE (CATÓN)

Dos cosas convencieron a John Dee de abandonar el claustro de la Universidad: los ojos de una mujer.

Aún no sabe si esos ojos son de un leve azul casi verde o de un tenue verde casi azul. Sólo sabe que una mañana lo miraron al pasar, y desde entonces lo único que lleva en sí es esa mirada.

Sucede que es la mirada del amor, o sea de la vida. Sucede que es la mirada de la vida, o sea del amor. Y al amor y a la vida ningún hombre les puede decir "No", a menos que esté poseído por alguna inhumana locura.

Dee estaba poseído por la locura de saber. Esto es decir que estaba poseído por la soberbia. De esos dos males lo libró aquella mirada. Ayer su amigo Erasmo fue a su casa a hacerle una visita. Lo halló en el jardín, haciendo de caballito para su hijo más pequeño. Desde el balcón miraban con amorosa ternura al padre y al niño unos ojos de un leve azul casi verde o de un tenue verde casi azul.

Entonces el filósofo de Rotterdam entendió que él no sabía nada, y que el hombre que la hacía de caballito lo sabía todo.

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