¿POR QUÉ PERDÍ LA SENDA EN LA MONTAÑA, TERRY, AMADO PERRO MÍO?
No lo sé. Quizá porque salí de la vereda para buscar la bandada de pavos silvestres cuya ruidosa charla se oía no muy lejos. No los hallé. Seguramente oyeron mis pasos y se ocultaron en la espesura del monte. Y cuando quise volver sobre mis pasos ya no los encontré.
Supe entonces que me había perdido. Sentí vergüenza, Terry, porque tú ibas conmigo. Para ti yo era Dios, y Dios jamás se pierde. Echaste a caminar y te seguí. Bien pronto hallaste la vereda, y por ella emprendimos el camino de regreso.
Cuando llegamos a la casa tú ya sabías que yo no era Dios. Y qué bueno, porque ser Dios entraña una responsabilidad muy grande. No sólo tienes que cuidar el paso de los hombres, sino también el de las estrellas.
Te agradezco, perro amigo, haberme mostrado que yo soy sencillamente yo y que tú eras maravillosamente tú.
¡Hasta mañana!...