Me habría gustado conocer a Miss Leila Forster, de Gloucester, Nueva Inglaterra.
El pastor de su iglesia hablaba siempre del infierno, cosa que a Miss Leila molestaba mucho, pues los sermones del reverendo infundían miedo a su feligresía. Opinaba ella: "Los predicadores deben poner amor en quienes los escuchan, no temor".
Un domingo en que el pastor, según su costumbre, hablaba del fuego eterno Miss Leila se puso en pie y se encaminó hacia la puerta. Antes de salir del templo se volvió a la concurrencia y dijo:
-Voy a buscar a Dios en mi jardín; en la contemplación del mar, del cielo y la montaña; en mi prójimo y en todas las criaturas del Señor; en mis libros de poesía y en mi música. Voy a buscarlo en la alegría que la esperanza y la fe dan. Dios es amor, y aquí no hay amor.
El predicador sigue hablando del infierno, pero ahora ya son pocos quienes lo oyen.
¡Hasta mañana!...