El rey Artús ofreció la mano de su hermosa hija Guinivére a quien librara al reino del terrible dragón que lo asolaba.
Ningún caballero se atrevió a luchar contra el monstruo. Sus escamas eran de hierro; con una bocanada de fuego salida de sus fauces reducía a cenizas a sus enemigos.
Sir Galahad acudió al llamado y desafió al dragón. El caballero invocó a San Jorge al entrar en la liza. El santo protector lo ayudó en el combate. Hizo que las escamas férreas del endriago se volvieran como vellón de oveja, y que en lugar de lumbre salieran de sus fauces confeti y serpentinas.
Así pudo sir Galahad dar muerte al monstruo. Le clavó en el corazón su lanza, y el maligno ser exhaló el último suspiro, hecho también de papelitos de colores.
El rey Artús, entonces, casó a su hija con sir Galahad.
-Qué lástima -les dijo, triste, Guinivére a sus amigas el día de la boda-. Yo estaba enamorada del dragón.
¡Hasta mañana!...