Hay dos clases de ricos: los que tienen mucho dinero y los que tienen pocas necesidades qué satisfacer.
El dinero es necesario, ciertamente. Humanos somos; debemos comer, vestirnos y guarecernos bajo un techo. Resulta entonces que lo del César es tan indispensable como lo de Dios. Y aún más, diría un cínico. Esa misma idea la expresaba un realista dicho popular: "Primero comer que ser cristianos".
Como sirviente el dinero es muy bueno; como amo es pésimo. Quien se deja poseer por el apetito del dinero jamás tendrá lo suficiente. Siempre querrá más. Los romanos, sabios y prácticos, decían que el dinero es un bien fungible, como la leña, que si no la quemamos no sirve para nada. Las monedas son redondas; debemos entonces echarlas a rodar, guardando únicamente lo necesario para un caso de necesidad. A eso se le llama ahorro. Pero ahorrar dinero no significa apegarse a él.
Del dinero sólo habla mal quien no lo tiene. Dice don Abundio que el dinero es como el fertilizante que usamos para abonar la tierra: para que sirva hay que dispersarlo.
¡Hasta mañana!...