CONFIESO QUE NO DEJÉ DE SORPRENDERME CUANDO ME HABLÓ AQUEL ELEFANTE.
Lector en mi edad infantil de fábulas morales, me acostumbré a que hablaran las zorras, los conejos, los gatos, los cocodrilos, las ranas, los ratones y una variada y numerosa fauna adicional, pero jamás había sabido de un paquidermo parlante. Me dijo:
-Es fama que los elefantes jamás olvidamos el mal que se nos hace. Oí acerca de un domador de circo que ridiculizó a uno al ponerle un tutú de bailarina de ballet, lo cual lo hizo objeto de la risa del público. Pasaron 50 años, y el elefante volvió a toparse con ese mismo domador. En plena función vació sobre él todo su contenido estomacal (bastante), con lo que la gente se divirtió aún más.
Le pregunté:
-Y ¿qué problema tiene usted?
Respondió el paquidermo:
-Yo no recuerdo nunca el mal que me hacen, pero jamás olvido el bien que recibo.
-Pues felicítese -le dije-. Eso lo distingue de todos los elefantes. Y de paso lo distingue también de la mayoría de los humanos.
¡Hasta mañana!...