En antiguos conventos he visto esa pintura que a primera vista es motivo de sorpresa. Muestra a la Virgen María con un seno descubierto del cual mana un chorrito de leche que va a dar a la boca de un santo que lo recibe de rodillas, extasiado.
Hasta donde he aprendido en mis desordenadas lecturas hagiográficas sólo dos santos han merecido ese alimento celestial: San Agustín y San Bernardo. Con eso la Madre de Dios quiso significar que los veía como a hijos.
Antes de ser gran santo San Agustín fue gran pecador. Sabemos cómo oraba en su juventud: "Hazme casto, Dios mío, pero todavía no". Yo recibí ya esa divina gracia, la de la castidad, y ni siquiera la pedí. No lo digo con vanagloria, sino con aflicción.
A San Bernardo lo quiero porque él quería a su perro igual que yo quise al mío. Cuando sus monjes se molestaban por la presencia del can en el claustro él les decía: "Qui me amat, amat et canem meum". El que me ama, ama también a mi perro.
Con razón es santo San Bernardo. Quien ama a un perro tiene ya andada la mitad del camino al Cielo.
¡Hasta mañana!...