A los gobiernos les gusta subsidiar porque así aparentan estar haciendo algo para los electores. En la mayoría de los casos, sin embargo, los subsidios son inútiles. En otros, causan más daño que beneficio.
Los subsidios a los autos eléctricos son un ejemplo. En 2009 el presidente estadounidense Barak Obama lanzó un programa de 2,400 millones de dólares para dar un crédito fiscal de 7,500 dólares a los compradores de cada uno. A pesar de los problemas de la tecnología, este programa permitió que Tesla despegara y ha convertido a su dueño, Elon Musk, en el hombre más rico del mundo. En 2021 Joe Biden ha anunciado subsidios por 7,500 millones de dólares para construir estaciones de carga y un crédito fiscal de 12,500 dólares para cada auto eléctrico producido en Estados Unidos. El propio Musk considera innecesarios estos subsidios.
No es la Unión Americana el único país que subsidia los autos eléctricos. En Europa los apoyos varían de país en país, pero todos son muy generosos. Noruega, donde ya nueve de cada 10 autos nuevos son eléctricos, quedan exentos de los cuantiosos impuestos a los automóviles y pueden usar los carriles para autobuses. La reducción en la huella de carbón, sin embargo, es muy pequeña en comparación con los subsidios y otros incentivos. El subsidio total de un auto eléctrico en Noruega es de 26 mil dólares ante un precio oficial del auto de 30 mil. El gobierno de Noruega puede cubrir ese enorme costo, paradójicamente, porque tiene un inmenso excedente del petróleo.
Los gobiernos han concentrado sus esfuerzos contra el calentamiento global en los autos. Por eso subsidian los eléctricos y han anunciado la prohibición de los de combustión interna entre 2030 y 2050. Pero lo hacen por razones políticas y moralistas, no técnicas.
Los autos eléctricos no logran una disminución importante en las emisiones de carbono. Para empezar, utilizan baterías. Según la International Energy Agency, la producción de una batería para auto eléctrico genera casi una cuarta parte de la contaminación de un auto de combustión interna a lo largo de su vida. Por otra parte, necesitan electricidad, que en casi todo el mundo se produce con combustibles fósiles. "En sus primeros 60,000 kilómetros", dice el Bjorn Lomborg, "un auto eléctrico. generará más CO2 que uno de gasolina". Solo después empieza el ahorro. Pero la mayoría de los autos eléctricos los compran personas acomodadas como segundo vehículo, para presumir su conciencia ecológica, mientras siguen usando vehículos de gasolina de mayor autonomía y eficiencia, por lo que el subsidio a los autos eléctricos puede resultar en un aumento total en las emisiones de contaminantes. Si se usara ese mismo dinero para reducir las emisiones en la generación de electricidad el beneficio al ambiente sería muchas veces mayor.
No es la primera vez que los gobiernos se equivocan en este campo. Durante años los países europeos subsidiaron los motores diésel porque decían que eran menos contaminantes. Ahora que entienden la contaminación por partículas, buscan prohibirlos.
Quizá sea inevitable una transición a los autos eléctricos. Para que valga la pena, debe estar acompañada por una generación más limpia de electricidad y una mejor tecnología de las baterías. El mercado debe ir impulsando los cambios. Los subsidios y las prohibiciones tienen un costo enorme y dejan pocos beneficios.
COMPETENCIA
El subsidio de 12,500 dólares a cada auto eléctrico producido en EUA violaría las normas del TMEC, pero además generaría una competencia malsana. Ya Canadá ha prometido un subsidio similar a los que se produzcan en su país. Es tirar el dinero los contribuyentes, sin beneficiar el ambiente.
Twitter: @SergioSarmiento