Una de las personas más resistentes al infortunio de toda la historia fue Rasputín.
Trataron de envenenarlo con vino y pasteles pero se sobrepuso. Recibió cinco balazos y continuó viviendo. Fue golpeado con una barra metálica en la cabeza, pero no pudieron terminar con su vida.
En 1916 un grupo de personas pudo quebrantar su increíble vitalidad, al arrojarlo atado de pies y manos por un agujero en el helado río Neva.
Este personaje de la corte de los zares a menudo exclamaba: "Tengo ideas que nadie puede matar..."
¿Cuál era la razón por la que trataban de terminar con su vida?
Rasputín era un hombre simple, de padres campesinos. Sin embargo, tenía una gran vivacidad, convicciones firmes y defendía las ideas en las que creía con una voluntad casi inhumana.
Probablemente esa intensidad con la que hablaba, argumentaba o exponía sus ideas le generaba enemigos, envidias y recelos.
A lo largo de la historia, muchos han sido asesinados por sus ideas y otros por la forma en que las defendían.
El célebre actor cómico Groucho Marx solía decir: "Si no le gustan mis principios, tengo otros". Así funciona la mayoría de las personas. Tienen ideas endebles sobre todo cuando las debaten en una posición de asimetría de poder.
A menudo vemos cómo las ideas son sólo disfraces sin sustento. Flechas de papel que se resquebrajan ante la menor oposición.
Persistir en las ideas sólo por el ánimo de no cambiar de opinión es una verdadera estupidez. También es una práctica habitual. Algunos prefieren hundirse con el barco de sus ideas, antes que capitular. El ego y sus primos como la soberbia, interfieren.
El extremo es morir por una idea. A medida que pasan los años vibrantes de la rebeldía, parece ridículo. No obstante, cuando están en juego los valores, algunos prefieren llegar al extremo.
Es polémico hasta dónde sostener una idea. Quizá sea un debate por librar y el final está abierto.
Estoy seguro que si hiciéramos una introspección, cada uno podría asumir que puede vibrar más con lo que piensa, evitar el desánimo cuando se reciben críticas. Vivir las ideas con la intensidad de Rasputín. Esta práctica nos permite no sólo crecer individualmente sino en el plano colectivo.
Las personas que tienen ideas y pueden exponerlas, vivirlas y sostenerlas suelen trascender.
Hasta ahora, nadie ha podido matar una idea.
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