Herencia literaria. La obra de Virginia Woolf sigue siendo objeto de estudio en el campo literario.
El 25 de enero de 1882, la ciudad de Londres atestiguó el nacimiento de una pluma excepcional. Virginia Woolf llegó al mundo para revolucionar la literatura y exigir un reconocimiento que había sido negado a las escritoras.
Pero no toda su vida se trató de triunfos en gestas literarias. El mito de ella misma supera su obra. Su infancia fue un inocente lienzo rasguñado por la depresión, la pérdida de familiares y el abuso sexual que sufrió por parte de sus hermanastros. Estas difíciles situaciones se adhirieron a su bipolaridad, que años más adelante desbordaría su cause en el suicidio.
En este tenor, Martha Robles, en su libro Mujeres del Siglo XX (Fondo de Cultura Económica, 2002), escribe sobre Woolf: "En sus fotografías se presiente una soledad insondable, entregada a crisis nerviosas y acaso pasmada hacia el diagnóstico de locura que se haría sanción legendaria. La fácil crudeza con la que se tildó de 'loca' a una de las inteligencias más sutiles y brillantes del siglo (una escritora que, como ninguna antes, analizó sus propios problemas con lucidez y valentía a través de sus personajes), obliga a considerar exponer los riesgos de la razón al exponer públicamente vaivenes del alma".
Sus novelas La Señora Dalloway (1925), Al faro (1927), Orlando (1928) y Las olas (1931), son reflejo de sus luces y sombras, óleos donde se aprecia la profundidad psicológica de sus personajes, encuadres donde la mujer es enfocada en primer plano. "Virginia Woolf abordó las manifestaciones de una realidad que la condujo a la muerte", añade Robles.
Pero quizá una de sus obras más citadas y estudiadas es el breve ensayo Una habitación propia (1929). En él expone una mirada crítica, a partir de conferencias, sobre el papel de la mujer en la ficción. A partir de este tema, desenvuelve una serie de ideas relacionadas con el rol femenino. Actualmente se ha convertido en uno de los textos baluartes del feminismo.
Al respecto, Sara Sefchovich, en el artículo Virgina Woolf: Yo te hablo de tú, incluido en su libro Cielo completo (Océano, 2015), se dirige a la autora inglesa: "Tú que cambiaste para siempre la narrativa, que rompiste con lo eterno y te centraste en la conciencia. Tú, que alteraste la cronología, que hiciste del tiempo una plastilina para moldear y volver a moldear. Tú, con tus símbolos, con tu ritmo de mar, solitaria y azarosa y obsesiva, que reconcilias con armonía y pones lo estético por delante y por encima como Proust, como Joyce. Tú, con "empecinada dedicación a la reminiscencia", dice Rosario Ferré, de ti aprendí que una mujer necesita tener dinero y un cuarto propio para ser alguien".
Mientras tanto, para la poeta coahuilense Esther M. García, Woolf fue una mujer adelantada a su época. Su obra literaria es cúmulo de construcciones precisas y elaboradas, diálogos interiores que le permiten al lector otra manera de ver la literatura.
"Lo que más me llamó la atención cuando comencé a descubrir sus novelas, fue la fragmentación del tiempo, cómo construía los relatos en varias capas y la densidad psicológica que tenían los personajes".
También recalca la vigencia de Un cuarto propio: "Mientras ella está hablando y dando este discurso, dice que hay mujeres que están lavando los platos, que están atendiendo al marido, a los niños, que tienen grandes sueños, que han querido ser grandes escritoras y que no pueden serlo porque la presión social no les da un respiro".

El 28 de marzo de 1941, Virginia Woolf se puso su abrigo, llenó de piedras sus bolsillos, se dirigió al río Ouse, cerca de su hogar, y se sumergió para desaparecer. Su cuerpo fue encontrado casi un mes después.