Al irse acercando el quinto año de la 4 T fijar el rumbo del país será más difícil que en coyunturas anteriores. Esta vez no se tratará de pasar la estafeta presidencial a un partido, el oficial, que, aunque con personaje diferente, seguirá las mismas reglas de ajedrez como sucedía hasta antes de 2018. Lo que ahora precisamente está en juego es seguir o no con el partido de fundamento izquierdo que inspira al Morena o bien a experimentar una opción bien distinta con otras metas.
El espacio ya caminado no permite regresar al sistema PRI, aquel del desarrollo estabilizador de férreos controles sectoriales que Luis Echeverría destruyó al llegar y mucho menos al otro sistema PRI, el de Peña Nieto que persiste en algunos rincones. En 2024, con visión, sustento y valentía para hacerlo, se deberá echar a andar un esquema de justicia social integradora basada en esquemas experimentadas con éxito en otros países que coaliguen nuevas fuerzas hacia horizontes más allá de las convencionales metas en que están entrampados los partidos que hoy se alinean conforme lo ha maquinado AMLO, clasificados en transformadores o conservadores.
Mientras todo este proceso lo estamos desenvolviendo en México los países más importantes se están preparando para defender la práctica de la democracia en el ámbito mundial y frenar el ejercicio arbitrario de la política.
Grave como nunca es la suma de indicadores adversos que abocan actualmente en un paisaje lúgubre y turbio ante el cual los jefes de estado no tienen más respuesta que multiplicar sus reuniones de trabajo que confirman la intensidad de los problemas y las improbables soluciones de cuyo forma de ser presentados impacientes públicos depende su reelección o derrota.
Es el conflicto que enfrenta al mundo a dos propuestas políticas de desarrollo socioeconómico, dos sistemas de decisión, el de las dictaduras personalistas a veces disfrazadas en comités ejecutivos de partidos únicos y por la otra, los que operan a base de la participación democrática sistemática, siempre dinámica y abierta en ebullición inestable que toma aliento de las incógnitas de la libertad individual.
Hay que tomar muy en cuenta lo que significan los dilemas que se viven a escala mundial a fin de darles la importancia que merecen los dilemas que anidan en las nuestras elecciones presidenciales que se harán con un padrón superior a los cien mil y probablemente enfrentando las coaliciones nacidas de arduas negociaciones cupulares de partidos que luchan escalar encuestas en el confuso escenario de reclamos y exigencias populares que agudizan diferencias y desigualdades.
Hay más. Mientras azota la inflación del 8% anual corroyendo el poder adquisitivo del salario y la economía en retraso hasta 2024, se añade ahora el deber de solidaridad con los miles de inmigrantes que nos llegan pero que, vistos con realismo, podríamos incorporar a nuestras PYMES y fortalecer nuestra economía.
Sabemos que todo este funesto panorama se resume en la falta de producción suficiente y en deficiente distribución de los artículos que la población requiere. La desigualdad de su reparto es problema logístico que depende de los economistas detectar y a los políticos explicar y a las fuerzas dedicadas a la agricultura e industria la organización de la producción.
Las decisiones que se requieren para orientar la acción coordinada y efectiva de México las determina el sistema de toma de decisiones aplicable según el régimen que determine el grado de participación efectiva que pueda y realmente quiera ejercer la población en las decisiones en cuyo nombre se toman.
Aquí reside lo trascendente de los comicios presidenciales del ´24. Una opción es continuar con el sistema personalista y arbitrario en cuya instalación Morena ha invertido toda su capacidad política en nombre de un proyecto de izquierda anticuado y comprobadamente ineficiente y desastroso de recursos es lo que AMLO propone en su desorganizado proyecto para los 130 mil mexicanos, décimo país en población mundial.
La coalición de fuerzas cívicas que ahora se gesta entre partidos contrarios a Morena reúne más que suficiente inercia para detener una renovada imposición de un manejo de las entidades oficiales destructivo cuyos efectos ya todo México padece.
Entramos ya en el período más crucial, el de madurar la unidad nacional que recupere los caminos perdidos en 2018.
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